viernes, 1 de mayo de 2009

LA BRISA DE LAS OCHO


Como Greemberg, cada vez me cuesta mas tomarme cualquier arte en serio, relegado a la categoría de arte de novedad, como quería Larkin con su minimalismo y su parálisis final de la crítica. Uno, cada vez mas escéptico y cansado, con mas pericia y menos paciencia, añora las tardes de Eckermann y Goethe. Las viejas lealtades hacen que nos repitamos fragmentos en ese breve tiempo cervantino, donde las ansias crecen y las esperanzas menguan. Idealmente, aun convergen en nosotros las preguntas esenciales de este arte de raíz y de la memoria que es la poesía, de este arte de rigor y presagio que, afortunadamente, nunca cristaliza.





Alguien,
en la calle del viejo malecón,
abre su serenidad,
su mirada sin afuera.


Lo apagado
vuelve a lo inicial,
a las huellas del viento,
a la casa del horizonte.

Alguien,
recuerda la arena sobre el muro,
los caminos del verano,
unos ojos
que desnudan lo que vuelve.


Cae la tarde y tu voz.


Bajo el azul
lo lejano y lo abierto,
la voz niña,
la gracia que se calla.





Venta del Camarón.
Agosto, 1998

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