martes, 12 de mayo de 2009

ANTONIO MACHADO HOY


Por Fernando Ortiz


Antonio Machado nació el 26 de julio de 1875 en Sevilla, en unas dependencias del Palacio de las Dueñas que el administrador del Duque de Alba alquilaba a familias modestas. Quien sostenía económicamente la familia era el abuelo paterno porque al padre, abogado y eminente folklorista, no le fueron bien las cosas en lo que a ganar dinero se refiere. Y así, cuando el abuelo fue nombrado catedrático de Historia Natural en la Universidad Central y decano de la Facultad de Ciencias, Antonio marcha a Madrid acompañando a su familia con la edad de ocho años. Sólo una vez volverá a Sevilla, con su hermano Manuel en un breve viaje en 1898, según nos cuenta Miguel Pérez Ferrero en su biografía Vida de Antonio Machado y Manuel. Ve de nuevo el Palacio de las Dueñas –en ese momento cerrado- y el entorno de su infancia. En esto se diferencia de Manuel, que regresó a Sevilla y vivió en la casa de la familia materna en Triana, para cursar estudios de Filosofía y Letras en la Universidad hispalense. Además, se casó con su prima sevillana Eulalia Cáceres. Pero no se crea por esto que Sevilla no influyó en la obra de Antonio. Lo hizo y mucho. Sevilla y Andalucía están muy presentes en la obra del poeta. Recordemos que, al morir en el exilio en Colliure, su hermano José, que le acompañaba, encontró en su gabán, escrito a lápiz en un pequeño y arrugado papel, el último verso del poeta:

“Estos días azules y este sol de la infancia”.

Y es que Antonio Machado nunca olvidó su infancia sevillana :“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero”, nos dejó dicho en su “Autorretrato” escrito en su madurez. Por eso el rumor del mar, en Colliure, nos lleva al murmullo de una fuente, en Sevilla. Un niño escucha absorto, a la sombra del limonero, el borboteo del agua y su sonido al caer sobre la taza. El leve azul del agua, el añil azul del cielo, no podrán ser ya nunca olvidados por ese niño:

“Esta luz de Sevilla… Es el palacio

donde nací con su rumor de fuente.

Como tampoco olvidará nunca el resplandor de los limones:

El limonero lánguido suspende

una pálida rama polvorienta,

sobre el encanto de la fuente limpia,

y allá en el fondo sueñan

los frutos de oro […]


Estos versos de Machado vienen a demostrar las memorables palabras del gran poeta inglés Wordsworth : “el niño es el padre del hombre”, y el niño Antonio Machado nació y vivió sus primeros años en unas dependencias del Palacio de las Dueñas. El “país de la infancia” estará ya siempre representado para el poeta por el huerto con su cipresal, el patio, y sobre todo la fuente del Palacio. Un año antes de morir, el propio poeta, en una prosa recopilada por Macrí en el Mairena Póstumo, escribiría: “Mas profundo que mi propio pensar está mi confianza en su inania, la fuente de Juventa en la que se baña constantemente mi corazón. [...] Mas, ¡cuán hondas están las aguas rejuvenecedoras de esta fuente, que es a su vez fuente Castalia, porque en ella reside, más o menos encantada [...], nuestra musa”. En la antigüedad grecorromana la fuente Castalia estaba consagrada a las musas. Así que lo viene a indicarnos don Antonio es que, a pesar de su vida y pensamientos posteriores, su poesía y su juventud fluyen en gran medida en sus versos como por encanto de aquella lejana fuente de la infancia.

El huerto con el cipresal, el patio, la fuente...En ese recinto sagrado de la infancia se encuentra también la figura del padre, -la breve mosca y el bigote lacio- y la mirada materna: -”la buena luz tranquila, /la buena luz del mundo en flor que he visto/ desde los brazos de mi madre un día”. Están las humildes macetas de hierbabuena y albahaca que cuidara ella (“el buen perfume de la hierbabuena,/y de la buena albahaca,/ que tenía mi madre en sus macetas”). El limonero “y sus frutos de oro” y “los naranjos encendidos” son los árboles de la vida de áureos frutos de este paraíso terrenal clausurado, protegido por tapias. Y, en su centro, la fuente del perpetuo rejuvenecimiento, capaz de abolir el tiempo cuando asoma a los versos de Machado. Recuerden el comienzo de un famoso soneto de sus Poesías de la Guerra (1936-1939):

Otra vez el ayer. Tras la persiana

música y sol; en el jardín cercano,

la fruta de oro, al levantar la mano,

el puro azul dormido en la fontana.

Mi Sevilla infantil ¡Tan sevillana!

¡Cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!
[.......................................................................]


En este Edén el cielo es azul y la primavera perenne. ¿Comprenden ahora por qué no puede haber sevillanos en esta Sevilla mágica? Es sólo de Antonio Machado: “Oh maravilla,/ Sevilla sin sevillanos,/ la gran Sevilla”. En todo caso, de más allá del tapial que protege el recinto llega el repique de alguna campana y la eterna algarabía de los niños que cantan y juegan. Sobra decir que, cuando Machado evoca este ámbito “fuera del mapa y del calendario” (lo que es una manera metafórica de decir fuera del espacio y del tiempo; es decir, sólo en su imaginación y en su memoria), está evocando lo más hondo de sí mismo. Antonio Machado asistirá en Sevilla a la escuela municipal de don Antonio Sánchez, sita en la calle, casi plaza, de Menjíbar, a trescientos metros del Palacio de las Dueñas, según la biografía de Machado de Ian Gibson, y esto también estará presente en su poesía:

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

Mil veces ciento, cien mil,

mil veces mil, un millón.


No, estos recuerdos infantiles no han de borrarse jamás de la mente del poeta:


Tumultos de pequeños colegiales

que al salir en desorden de la escuela

llenan el aire de la plaza en sombra

con la algazara de sus voces nuevas.

¡Y algo nuestro de ayer, que todavía

vemos vagar por estas calles viejas!



El mítico edén de la infancia estará situado ya siempre para Machado en Sevilla. No regresó aquí ni cuando el Ayuntamiento, siendo alcalde el Conde de Halcón, nombra a Manuel y Antonio hijos ilustres y predilectos de la Ciudad en 1930. Ambos hermanos escriben una carta agradeciendo la distinción y excusando la asistencia al acto, documento del que me proporcionó fotocopia el Presidente del Ateneo de Sevilla, don Enrique Barrero, y que ustedes pueden ver en internet en la revista especializada en Machado digital <abelmartin.com>, que dirige Jordi Domenech, en la sección de “inéditos”.

Al hablar del sevillanismo de Machado no voy a referirme aquí al hecho de que perteneciera o no a una probable tradición poética sevillana, aunque su gusto por la copla popular y su confesada afición por Bécquer durara hasta el fin de sus días. (Ya dijo Cernuda en sus Estudios sobre poesía española contemporánea que “de su condición de andaluz le llegó siempre lo mejor de su poesía”). Quiero referirme, más bien, a cómo una tradición familiar andaluza, sevillana para ser más exactos, tuvo en él una influencia determinante a lo largo de toda su vida. Esto lo han señalado en sus monografías Alberto Gil Novales y José María Valverde. El primero escribió : “Machado se nos revela con frecuencia enormemente tradicional, de su tradición personal y familiar”. Y el segundo dice que Machado “se hizo cargo de una tradición cultural y social […], una tradición de liberalismo decimonónico [que] fue para él una educación heredada, ante todo, a través de su propia atmósfera familiar”.

Pero, en fin, si Antonio Machado –que amaba verdadera y críticamente la tierra castellana-, aún dolorido por la muerte de Leonor escribió aquellos sugerentes versos:

Mi corazón está donde ha nacido

no a la vida, al amor, cerca del Duero.

No conviene olvidar, tampoco, que se refirió a sus versos como a los de “un coplero sevillano que vaga hoy por tierras de Soria”.

Pero hay más. En octubre de 1912 Antonio Machado inicia su curso como catedrático de Francés en el Instituto de Baeza. La estancia en la pequeña ciudad supone el reencuentro con la Andalucía de su infancia, que ahora no será contemplada con los ojos mitificadores del niño, sino bajo la mirada crítica del hombre. Machado se encuentra con una Andalucía real, aquejada por numerosos problemas, y no vacila en reflejarlos en sus escritos: (Don Guido, prototipo del eterno señorito, la situación de la mujer andaluza -¡Oh enjauladitas hembras…-, etc.). En esta época se agudiza considerablemente la conciencia crítica de Antonio Machado. “La melancólica desesperanza individual –dice Valverde- queda redimida por un hálito de esperanza sobre la marcha del mundo y la historia, vagamente inspirado por el espíritu que había puesto en marcha la revolución rusa”. Machado ha adquirido una esperanza en un futuro mejor, y la conciencia de que Andalucía puede llegar a ser algo más que el edén de la infancia o un mito romántico. En consecuencia, deja en buena parte de considerar a Sevilla “fuera del mapa y del calendario”. Citemos, como ejemplo, ahora completo, el soneto escrito en Rocafort, hacia el final de su vida, y del que antes transcribimos sólo los seis primeros versos :

Otra vez el ayer. Tras la persiana

música y sol; en el jardín cercano

la fruta de oro, al levantar la mano,

el puro azul dormido en la fontana.

Mi Sevilla infantil, ¡tan sevillana!,

¡cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!,

¡tan nuestra! Aviva tu recuerdo, hermano.

No sabemos de quién va a ser mañana.

Alguien vendió la piedra de los lares

al pesado teutón, al hambre mora,

y al ítalo la puerta de los mares.

Odio y miedo a la estirpe redentora

que muele el fruto de los olivares,

y ayuna y labra y siembra y canta y llora.


Nació don Antonio en Sevilla y murió en el exilio en Colliure, como antes apunté, el 22 de febrero de 1939. Padecía un enfisema pulmonar, según opinión del Dr. Montes Santiago de 2006 (esta información se la debo a una nota del Epistolario de Antonio Machado recién editado por Jordi Doménech). En el cementerio de esa localidad francesa descansan sus restos. A lo largo de su vida, el poeta fue levantando una obra clara y tersa, densa y misteriosa, tanto en prosa como en verso. Machado fue gran lector de filosofía -asistió en Paris a las clases del filósofo Bergson-; andarín incansable -hábito que la Institución Libre de Enseñanza inculcó a buena parte de sus alumnos-;y fumador hasta la muerte -pese a que en los años finales el estado de sus pulmones era peor que pésimo-. Octavio Paz, quien fue a visitarlo ya en la guerra civil en la casita en la que vivía en Rocafort, en las proximidades de Valencia, recuerda en su libro Las peras del olmo que lo primero que hacía cuando se le presentaba un joven poeta era pedirle tabaco. Como Machado no lo tenía -ni casi nadie entonces- fumaba hojas secas. Don Antonio pasó una juventud “harta de coplas y vino”, para decirlo con un verso suyo, y trabajó de cómico de la legua. Hay que recordar que en su juventud ya era muy aficionado al teatro. En 1889 traban él y Manuel amistad con Ricardo Calvo (hijo de Rafael Calvo, director del Teatro Español) y en 1896 entra como meritorio en la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, interviniendo en tres obras esa temporada. Más tarde, él y Manuel serán autores teatrales reconocidos, tanto por sus obras originales como por su adaptación de los clásicos españoles y franceses para la escena de entonces. Pero yo pienso que lo más importante que el teatro aportó a su poesía fue el hacerle ver que se podía expresar por medio de personajes imaginados por él, y esto creo que tiene gran importancia en el nacimiento de los heterónimos, de los cuales serían Juan de Mairena y Abel Martín los más famosos. Al expresarse por medio de otra voz que no fuera la suya consigue una objetividad que supera el excesivo subjetivismo romántico, uno de los propósitos confesados de su poética. Y fue amigo del tintorro hasta ser calificado como algo borrachín. Así lo recuerda en sus memorias Alfredo Marqueríe, alumno suyo en el Instituto de Segovia, y que lo trató bastante por aquellos años (Véase Personas y personajes. Memorias informales, Madrid, Dopesa, 1971). En 1899 trabajó en París en la editorial Garnier con su hermano Manuel como traductor. A esta ciudad volvería en 1902, donde su amigo el escritor Gómez Carrillo le buscaría un modesto empleo en el consulado de Guatemala. Es en este segundo viaje a París cuando conoce a Rubén Darío, a quien le unirá mutua admiración y amistad. A su vuelta a Madrid conocerá y tratará a Juan Ramón Jiménez. Y, aunque hubo entre los dos amistad y respeto, su mayor admiración a un escritor de su generación se la reservó siempre a Unamuno, para él una especie de figura paterna, y a quien consultaba epistolarmente con frecuencia para poner su reloj en hora en cuestiones no solo literarias, sino también intelectuales y políticas. Su último viaje a la capital francesa es en 1911 con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para seguir unos cursos de Filología francesa. Marcha con su mujer, Leonor Izquierdo, quien enferma en julio de tuberculosis y han de regresar por esta causa ambos a Soria en setiembre. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. Hasta 1906, con 31 años, no empieza a opositar a la cátedra de Francés de Instituto, que sería ya desde el año siguiente hasta su muerte su medio de vida. Fue Francisco Giner de los Ríos quien le sugirió que se presentase a esa oposición como medio para ganarse la vida, ya que hasta el momento no lo tenía, y entonces no hacía falta ser licenciado para ser catedrático de francés, asignatura que era considerada en aquel tiempo más ornamental que sustanciosa. Y en 1918, poeta famoso y con 43 años, obtiene la licenciatura en Filosofía y Letras, lo que, más tarde, le añadirá los méritos que necesitaba cuando solicitó en concurso una cátedra más cercana a Madrid que la de Baeza, en donde pidió plaza para huir de Soria, la ciudad castellana que le recordaba dolorosamente la enfermedad y muerte de su mujer. En Baeza vivió con su madre, quien se trasladó allí para acompañarle, e hizo como alumno libre los cursos de doctorado de Filosofía en Madrid, y con nota muy alta, según su expediente académico. Pero no retiró nunca el título de doctor, bien por no pagar los derechos, o porque pronto consiguió el traslado a Segovia (concedido en 1919) y luego a Madrid (en el recién creado Instituto Calderón de la Barca, con carácter interino, en 1932. Y el año 1936 por Orden Ministerial, en el Instituto Nacional Cervantes de Segunda Enseñanza). No necesitaba méritos añadidos para su traslado académico. Tenía una licenciatura, era poeta reconocido y también fiel al nuevo régimen, la República, de la que fue uno de los más valiosos defensores antes y en la guerra civil. Él y algunos amigos suyos, recién ganadas las elecciones por la República, la proclamaron izando su bandera el 13 de abril de 1931 solemnemente desde el balcón del Ayuntamiento de Segovia. De cuando necesitaba el título de licenciado, existen varias cartas suyas dándole coba a Ortega y a Julio Cejador, que fueron algunos de los profesores de la Facultad en la época en que les debió el aprobado. Como misógino y petrarquista, no creía en la existencia real de la amada. Pensaba que era invento de la imaginación. Por eso glosó en varios poemas y tradujo en romance un soneto de Shakespeare muy significativo al respecto, el 138 . Soneto que, más que darle que pensar, le confirmó en sus prejuicios. El razonamiento -o si ustedes prefieren el sofisma- de que “Todo amor es fantasía;/[...]No prueba nada/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás”, conlleva un importante problema ético, el de la Verdad, que él resolvió, aunque con matizaciones, de modo similar: “También la verdad se inventa”. Pero no conviene olvidar que Mairena fue profesor de Gimnasia... y Retórica. Inasible don Antonio.

Como era limpio de corazón, se enamoró de una niña de 13 años, a la que hizo su mujer dos años después. Machado obtuvo por oposición en 1907 Cátedra de Francés y eligió Soria. Allí se alojó en la casa de huéspedes de doña Isabel Cuevas, donde conoce a Leonor Izquierdo, hija de ésta. En una carta de 1918, escribirá: “Si la felicidad es algo posible y real –lo que a veces pienso- yo la identizo [sic] mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer”. De entre los poemas más conmovedores de la lengua española están los que escribió a la muerte de Leonor. El poema “A José María Palacio” amigo íntimo suyo, director del periódico Tierra soriana, cuya mujer y la de Machado eran primas hermanas, al que le pide desde Baeza, al comenzar la primavera, que lleve “los primeros lirios/ y las primeras rosas de las huertas” al Espino (cementerio de Soria, que está en un promontorio sobre la ciudad), a la tumba de su mujer, está en todas las buenas antología de poesía española.

En fin, años después de muerta su mujer de tisis, volvió a enamorarse, ya bastante madurito, de la famosa Guiomar de sus Nuevas Canciones, seudónimo que encubre el nombre de la pésima poetisa doña Pilar de Valderrama, señorona del bando nacional, quien presumió con doña Concha Espina y otras amigas con secreteo de poeta famoso en el bote. Y el ingenuo de don Antonio Machado la llamaba en sus cartas y poemas “mi diosa”. Y qué cartas. Al final, él al alcance de las bombas, sin querer abandonar España -aunque le ofrecieron puestos para enseñar Literatura Española en Oxford y en Moscú-, siempre “a la altura de las circunstancias”; ella, en Estoril y, al fin, en el Madrid de Franco, cosa que ni le dijo a don Antonio ni éste llegó a enterarse. A medida que se profundiza en el conocimiento de la obra de Machado se da uno más cuenta de su integridad y desvalimiento. De su entereza en años difíciles. Fue, como él dejó escrito, “un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Se le mitificó después de muerto por razones políticas. El Poverello de Colliure, Santo patrono de la Poesía Social, como apuntó con guasita vallisoletana don Jorge Guillén. Hoy supongo que resulta políticamente incorrecto señalar que era onanista, putañero, petrarquista, aficionado al tinto y gran fumador. Juan de Mairena, su heterónimo, profesor rural y gran socarrón, se hubiera reído mucho con estos tiquismiquis. Esta figura de Machado está avalada por contemporáneos que lo quisieron y respetaron. Pero, como con el franquismo primero y con el socialismo después nos convirtieron su humanísima figura en una especie de santo laico, las dos biografías suyas que más han circulado son la de José Luis Cano (en el franquismo, estupendamente escrita pero que más bien parece una hagiografía y a la que falta alguna documentación esencial) y la de Ian Gibson, Ligero de equipaje (Madrid, Santillana, 2006), indispensable porque es la que más documentación aporta (absolutamente fiable sobre los antecedentes familiares). Pero Gibson, nacionalizado español y que llegó a presentarse a las elecciones por el PSOE, nos da una imagen de Machado no sólo de santo laico, sino de pánfilo que se chupaba el dedo.

La poesía de Machado debe mucho a Bécquer y a la copla popular andaluza. No en vano fue hijo de Demófilo, el gran folclorista. Hay que resaltar esto, pues la estirpe de Don Antonio es la única tradición moderna existente en la lírica española de aquel periodo. El concepto del tiempo cambia en el siglo XX en toda Europa y, claro es, también en la Literatura. Sin Bergson, Heidegger, Einstein..., no hubieran existido Proust ni el monólogo interior de James Joyce y Virginia Wolf. El “tiempo cualitativo” de Bergson -que va a regir la “palabra en el tiempo” de Machado-, está ya en muchas letras del Don Preciso, en la recopilación de Cantes del Pueblo de Fernán Caballero y en las recopilaciones de Rodríguez Marín y el mentado Demófilo. He citado por orden cronológico las recopilaciones de cantes populares más antiguas y prestigiosas. “Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore”, dejó escrito Juan de Mairena. Y es que lo irracional del cante jondo rompe el rígido, lineal y espacializado discurso dieciochesco y decimonónico sobre el tiempo, y nos hace anticuados a la inmensa mayoría de los poetas cultos de los siglos XVIII y XIX. Y a muchos de principios del XX. Compárense, por ejemplo, algunos de los muchos altisonantes endecasílabos de El tren expreso de Campoamor, dedicado por cierto, no lo olvidemos, a un ingeniero de Caminos, don José de Echegaray:

¡Acá lo turbio, allá lo indiscernible…,

y entre el humo del tren y las tinieblas,

aquí una cosa negra, allí otra horrible!

Con esta copla recogida por Demófilo en su recopilación de 1881:

Yo te estoy queriendo a ti

Con la misma violencia

Que lleva el ferrocarril


Sin duda, la breve copla, posiblemente surgida en el reinado de Isabel II –que es cuando se instala el ferrocarril en Andalucía- nos da, en tres breves versos, una impresión más cercana a la energía cinética del novísimo invento –el tren-, que los retóricos y numerosos endecasílabos del poema de Campoamor. Bastantes poetas de la época nos suenan hoy anticuados. No, claro está, don Antonio Machado, que huele como tomillo en rama. En el siglo XXI se nos aparece todavía más lozano que en su época. La forma sentenciosa de la soleá y la grácil y breve seguidilla adquieren en él temblor temporal, y está integrando en ellas toda una tradición de poesía gnómica, que va desde los Proverbios Morales de Sem Tob,(siglo XIV) hasta la poesía epigramática de Campoamor (admirado por Manuel y Antonio Machado) y los aforismos de Nietzsche, expuestos a veces con la levedad de un hai-ku. Quizá sea en Nuevas canciones y en el Cancionero apócrifo, obras de su última madurez, donde va a conseguir llevar este tipo de poesía a sus más altas cimas.

Don Antonio dejó dicho que procuraba dar luz a sus poemas para que pudieran ser leídos de frente y al sesgo. Tras la aparente claridad de sus versos, claridad de agua limpia, hay a veces una inconmensurable hondura. Y es que el agua clara engaña mucho en cuanto a profundidad. Yo llevo más de cuarenta años leyendo los versos de don Antonio Machado, pues es el poeta español que más querido me es. Y rara es la lectura en la que no descubro matices que se me habían pasado por alto. Y a veces no son matices lo que descubro, sino esencias. Don Antonio corrigió mucho sus versos, y siempre los mejoró con las correcciones. Su obra completa es de las más coherentes en castellano de cualquier época. De cuando en cuando, con eso de las modas, se oyen voces nuevas que dicen “La Tierra de Alvargonzález es un poema decimonónico”. O, “la poesía política de Machado es tendenciosa y no tiene valor alguno”. Y uno se sonríe. Ya volverán las aguas a su cauce. Calculo yo que la poesía de Machado, como la de su querido fray Luis de León, va a tener todavía unos cuantos siglos de vigencia.

Aunque es asunto de historiadores de la literatura más que de lectores, la crítica, a veces, ha dividido la obra de Machado en períodos diferenciados. En esto no se ha llegado a un acuerdo, pues hay quien la ve como un todo uniforme. Para quienes ven su obra en períodos diferenciados las primitivas Soledades (1903), Soledades, galerías.Otros poemas (1907), Campos de Castilla (1912) y Nuevas Canciones (1924), son otros tantos núcleos de creación en los que no sólo la temática, sino los distintos procedimientos que se desarrollan en el poema son diferentes. Por ello se dice que en Soledades Machado es un poeta que arrastra todavía un notable influjo modernista, además del romántico (Bécquer), de los que poco a poco se irá desprendiendo, hasta conseguir en Soledades, galerías. Otros poemas (1907) un tono personal. Las Soledades del año 1903 es, de algún modo, un libro primerizo, y tiene sólo 41 poemas. Las Soledades del año 1907 es un libro diferente, mucho más maduro. Desecha 13 poemas del libro anterior, lo reestructura y lo amplía hasta un total de 93 composiciones, muchas de ellas aparecidas anteriormente en revistas. En Campos de Castilla (Madrid, Renacimiento, 1912), se acercaría al regeneracionismo noventaiochista y a la precupación por Castilla tan común en su generación. En ese año publica también en la revista “La lectura” por vez primera su largo poema narrativo “La Tierra de Algarzonzález”, un poema singular en nuestras letras, que aúna la fuerza y aun el tremendismo del romance de ciego a un misterioso temblor y a una delicada percepción de la Naturaleza. Sobre Campos de Castilla nos dice el mismo Machado: “A una preocupación patriótica corresponden muchas de sus composiciones, otras, al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas –alguien dirá, perdidas- en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo”.

Por otro lado Nuevas canciones (Madrid, Mundo Latino, 1924) se ve como la etapa del reencuentro de Machado con su tierra andaluza, al incorporar a su obra abundantes coplas, canciones, sentencias y decires de carácter popular. Antes voy a destacar unas líneas que Machado puso de prólogo a sus Soledades y que sirven para calificar e incluso definir a toda su obra poética, aunque en ella hubiera, como es normal, evolución, y mucha, a lo largo de los años. Cito: “Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones; sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo”. Fin de la cita.

Bien. Pero en Los complementarios (empezados en 1912) crea Machado los apócrifos. Y una división radical de la poesía de Machado sería antes y después del Cancionero apócrifo (1926-1936). Para sostener esta afirmación me baso, sobre todo, en el ensayo de Jordi Doménech, titulado Variaciones en torno a los escritos dispersos de Antonio Machado, recientemente aparecido en un libro colectivo sobre Machado publicado por el Centro Andaluz de las Letras. Cito sin más a Domenech: “A inicios de los años veinte el problema es que la lírica está en un callejón sin salida. Por un lado, el subjetivismo romántico está agotado […] y, por otro, las nuevas formas de poesía objetiva que surgen tras la Primera Guerra Mundial, en sus diversos y variados “ismos” […] tampoco son del agrado de Machado. […] Para Machado la salida del atolladero estaría en lo que él denomina “nueva objetividad”, es decir, una poesía que sea, a la vez, subjetiva y objetiva, lo cual no logrará Machado hasta el “Cancionero apócrifo”, mediante el artificio de eclipsar al sujeto poético por la interposición entre éste y el poema de un sujeto poético ficticio (el poeta apócrifo), lo cual da como resultado esa “rara objetividad” […] de las poesías del “Cancionero apócrifo” (1926-1936), que hay que considerar como la cumbre de la lírica española de todos los tiempos”.

La prosa de Machado, junto con la de Cervantes, es de las más ricas de nuestra lengua. Gracias a Ortega y a Machado, se puede pensar filosóficamente en castellano moderno. Ahí tienen, sin ir más lejos, a sus discípulos Rafael Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo . Ortega es más teatral y requintado, aunque siempre sugerente. Machado, ya lo apunté antes, resulta de una naturalidad cervantina. Por si fuera poco, en su Juan de Mairena y en su Mairena póstumo se abordan muchos de los grandes problemas que aquejan al hombre y a la sociedad contemporánea. Con seriedad a la que nunca faltan unos granitos de sal. A modo de uno de tantos ejemplos que podía poner, me vienen a las mientes sus páginas sobre la Sociedad de las Naciones y su función policial barriendo siempre a favor de las grandes potencias. Lean ONU donde Machado dice Sociedad de las Naciones, y esas páginas podían ser editoriales en la sección de política internacional de cualquier periódico de hoy. Aunque no sé. Hoy no suelen publicarse editoriales tan claros, comprometidos y bien escritos.

Fernando Ortiz nació en Sevilla en 1947, es poeta, ensayista, articulista y crítico líterario.

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