viernes, 24 de julio de 2009

ALIANZA

Monumento a Pastora Pavón en la Alameda de Hércules




Donde reposa el vacío, aun sin el movimiento de la comunicación, está el presentimiento, el poder creador, un poder previo que supera a los hombres. En esa espera tendida de la memoria están los relatos de un viejo arte, el habla y el ritmo profundo, que espera de la manera más secreta, en una lejana voz de la infancia, lo que convoca para no perderse de sus orígenes. Canto y raíz, palabra y silencio, límite integrado, un abrirse de lo desconocido. Yo contengo en mi recuerdo el habla del canto, la expiación que reintegra ese vacío donde surge la esperanza; el desvelo de la memoria.






La soledad

rompe el tiempo,

crece y se derrumba sobre el olvido,

fue destino

en los márgenes y los confines.



Esta tarde

de viejos presentimientos,

el crepúsculo

va a volver por las azoteas.



Presagio en el claroscuro,

ojos esperando

la entrega imposible,

voz que ya no aparenta,

atravesada por el resplandor.



Vas a regresar,

sucede en tu luz y en tu herida;

el silencio en la raíz,

la ceniza de un lamento.


Nota; Hace unos días volvieron a colocar el monumento a Pastora Pavón en su Alameda, faltan aun otros hijos sentidos de este lugar, esperemos que el Ayuntamiento continúe la tarea. Este poema lo escribí hace unos años en homenaje a la genial cantaora y en recuerdo de mi abuela Amparo en su azotea. Hoy me es muy grato dedicárselo a Juan Miguel y Andrea, en un día tan especial para ellos.

miércoles, 22 de julio de 2009

GOMBROWICZ CONTRA LOS POETAS





Un amigo lector, Ramón Urias, me señala una vieja controversia y me recuerda este breve ensayo de Witold Gombrowicz, que antes solía citar. Vuelvo a hacerlo para los que no lo conozcan, no es muy extenso, interesante y actual, a pesar de tener ya más de medio siglo, para sacar sus conclusiones, y lo mejor de todo, no solo aplicable a los poetas.
En él, Gombrowicz nos lleva a algunas reflexiones y ejemplifica muy bien la teorías de Adorno sobre arte y lejanía del arte, su ámbito transitorio y su ámbito de objetivos es lo que quizás le moleste más. La ideas de este trabajo han sido profusamente utilizadas por críticos y poetas sin siquiera citarlo. Lo que nos plantea son los límites del habla, volver a una conciencia preartística de la obra, su idealidad como promesa. Las servidumbres, la jerga y profesionalización, la misa de la estética que denuncia no sería mas que la incapacidad, el bloqueo del carácter enigmático, el poeta no juega con el desorden, con las islas de sentido de Rene Char, que también en numerosas ocasiones planteó este problema, la resuelta sería como la paradoja de los amantes, hemos de conocernos y la pasión será nuestra alianza. Ante los excesos y la consagración, la soberbia del estilo lleva a las mas grande incomunicación, ese habla aparejada al habla neutra o distancia que la comunidad no consigue penetrar, permaneciendo solo en el foco de interés para los privilegiados. Ir hacia la lengua del extranjero, del exiliado, desde abajo, como el propio Grombrowicz era, hacia un cierto vacío necesario, serían una de las posibles soluciones. Aquí les dejo el breve ensayo.





Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedará de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi elemental y, a lo mejor, demasiado elemental.

No cabe duda de que la tesis de esta nota: que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado, parecerá desesperadamente infantil; y, sin embargo, confieso que los versos no me gustan y hasta me aburren un poco. Lo interesante es que no soy un ignorante absoluto en cuestiones artísticas ni tampoco me falta la sensibilidad poética; y cuando la poesía aparece mezclada con otros elementos, más crudos y prosaicos, por ejemplo en los dramas de Shakespeare, en las obras de Dostoievski, de Pascal, o, sencillamente en el crepúsculo cotidiano, tiemblo como cualquier mortal. Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama "poesía pura" y, sobre todo, cuando aparece versificada. Me cansa el canto monótono de esos versos, siempre elevado, me adormecen el ritmo y la rima, me extraña dentro del vocabulario poético cierta "pobreza dentro de la nobleza" (rosas, amor, noche, lirios), y a veces sospecho que todo ese modo de expresión y todo el grupo social que a él se dedica padecen de algún defecto básico.

Yo mismo creía al principio que esto se debía a una particular deficiencia de mi "sensibilidad poética" pero cada vez tomo menos en serio los slogans que abusan de nuestra credulidad. No hay cosa más instructiva que la experiencia y por eso empecé a realizar algunas muy curiosas: leía cualquier poema alterando intencionalmente su orden de tal suerte que se convertía en un absurdo y ninguno de mis oyentes (finos y cultos, por cierto y fervientes admiradores de aquel poeta) advertía la treta; o, analizando en forma detallada el texto de un poema más extenso, comprobaba con asombro que los "admiradores" ni siquiera lo habían leído completo. ¿Cómo puede ser esto entonces? ¿Admirarlo tanto y no leerlo? ¿Gozar tanto de la "precisión matemática" de las palabras y no percibir una fundamental alteración en el orden de la expresión? Pero lo que pasa es que todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites está basado sobre un convenio de mutua discreción: cuando alguien declara que le encanta la poesía de Valéry es mejor no acosarlo demasiado con indiscretas investigaciones, porque entonces se pondría en evidencia una realidad tan distinta de todo lo que nos imaginamos, y tan sarcástica, que nos sentiríamos sumamente molestos. El que deja por un momento las conversaciones del juego artístico, enseguida tropieza con un enorme montón de ficciones y falsificaciones, cual un escolástico escapado de los principios aristotélicos.

Me encontré, pues, cara a cara con el siguiente dilema: miles de hombres hacen versos; otros miles les demuestran gran admiración; grandes genios se expresan por medio del verso; desde tiempos inmemoriales el poeta y los versos son venerados; y frente a esa montaña de gloria -yo, con mi convicción de que la misa poética se efectúa en el vacío casi completo.


¡Valor, señores! En vez de huir de ese hecho expresamente, tratemos de buscar sus causas como si fuese un hecho como cualquier otro. Poesía pura y azúcar puro.
¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.
¿Cómo hemos llegado a este grado de exceso? Cuando un hombre se expresa en forma natural, es decir en prosa, su habla abarca una gama infinita de elementos que reflejan su naturaleza entera; pero he aquí que vienen los poetas y proceden a eliminar gradualmente del habla humana todo elemento apoético, en vez de hablar empiezan a cantar y de hombres se convierten en bardos y vates, consagrándose única y exclusivamente al canto. Cuando un trabajo semejante de depuración y eliminación se mantiene durante siglos llégase a una síntesis tan perfecta que no quedan más que unas pocas notas y la monotonía tiene que invadir forzosamente el campo del mejor poeta. El estilo se deshumaniza; el poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta, una sensibilidad "profesional" y, entre los profesionales, se crea un lenguaje tan inaccesible como los otros dialectos técnicos; y, subiendo unos sobre los hombros de otros, forman una pirámide cuya punta ya se pierde en el cielo, mientras nosotros nos quedamos abajo algo confundidos. Pero lo más importante es que todos ellos se vuelven esclavos de su instrumento porque esa forma es ya tan rígida y precisa, sagrada y consagrada que deja de ser un medio de expresión: y podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos.

Por más que se diga que el arte es una especie de clave, que el arte de la poesía consiste precisamente en lograr una infinidad de matices con pocos elementos, tales y parecidos argumentos no ocultarán el primordial fenómeno de que con la máquina del verbo poético ha ocurrido lo mismo que con todas las demás máquinas, pues en vez de servir a su dueño se ha convertido en un fin en sí; y, francamente, una reacción contra ese estado de cosas parece aún más justificada aquí que en otros campos porque aquí estamos en el terreno del humanismo "par excellence". Existen dos formas de humanismo básicas y diametralmente opuestas: una que podríamos llamar "religiosa" que coloca al hombre de rodillas ante la obra cultural de la humanidad y otra, laica, que trata de recuperar la soberanía del hombre frente a sus dioses y sus musas. El abuso de cualquiera de estas formas tiene que provocar una reacción y es cierto que una reacción así contra la poesía sería hoy totalmente justificada porque, de vez en cuando, hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros. Posiblemente los que han tenido la oportunidad de leer algún texto artístico mío se sentirán extrañados por lo que digo, ya que soy en apariencia un autor típicamente moderno, difícil, complicado y aun a veces -quien sabe- aburrido. Pero, téngase en cuenta que yo no aconsejo a nadie prescindir de la perfección ya alcanzada, sino que considero que esta perfección, este aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tomar en cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser realista. Este equilibrio a base de compensaciones y antinomias es el fundamento de todo buen estilo, más, en los poemas no lo encontraremos, y tampoco se puede notar en la prosa moderna influenciada por el espíritu de la poesía. Libros como "La muerte de Virgilio", de Herman Broch o aun el celebrado "Ulises" de Joyce resultan imposibles de leer por ser demasiado "artísticos". Todo allí es perfecto, profundo, grandioso, elevado y, al mismo tiempo, nada nos interesa porque sus autores no lo han escrito para nosotros sino para el Dios del Arte.
Pero la poesía pura además de constituir un estilo hermético y unilateral, constituye también un mundo hermético. Y sus debilidades aparecen con más crudeza aún, cuando se contempla el mundo de los poetas en su aspecto social. Los poetas escriben para los poetas. Los poetas son los que rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea. Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable. La primera consecuencia del aislamiento social de los poetas es que en el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. Hace tiempo hubo entre los poetas una gran polémica sobre la famosa cuestión de las asonancias y parecía que la suerte del universo dependía del hecho de si es posible rimar "espesura" y "susurran". Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.

La segunda consecuencia es aún más desagradable: el poeta no sabe defenderse de sus enemigos. Y así vemos cómo en el terreno personal y social se pone en evidencia la misma estrechez de estilo que hemos mencionado más arriba. El estilo no es otra cosa sino una actitud espiritual frente al mundo, pero hay varios y el mundo de un zapatero o de un militar tiene poco que ver con el mundo de los versos: como los poetas viven entre ellos y entre ellos forman su estilo, eludiendo todo contacto con ambientes distintos, quedan dolorosamente indefensos frente a los que no comparten sus credos. Lo único que son capaces de hacer, cuando se ven atacados es afirmar que la poesía es un don de los dioses, indignarse contra el profano o lamentarse por la barbarie de nuestros tiempos lo que, por cierto, resulta bastante gratuito. El poeta se dirige sólo a aquel que ya está compenetrado con la poesía, es decir a uno que ya es poeta, pero esto es como si un cura endilgara su sermón a otro cura. ¡Cuánta más importancia tiene, sin embargo, para nuestra formación el enemigo que el amigo! Sólo frente al enemigo podemos verificar plenamente nuestra razón de ser y sólo él nos procura la clave de nuestros puntos débiles y nos pone el sello de la universalidad. ¿Por qué, entonces, los poetas huyen ante el choque salvador? Ah, porque carecen de medios, de actitud, de estilo para afrontarlo. ¿Y por qué les faltan estos medios?
Ah, porque eluden el choque. El vate y el ridículo.
La más seria dificultad de orden personal y social que debe afrontar el poeta proviene de que él, considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde más arriba; pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate. Mas, por otra parte, crece también el número de los poetas y a todos los excesos de la poesía ya enumerados hay que añadir el exceso de bardos y el exceso de versos.
Estas ultrademocráticas cifras minan desde el interior la aristocrática y orgullosa actitud del mundo de los poetas y nada más comprometedor, en ese sentido, que cuando se los ve a todos reunidos, por ejemplo, en un congreso: una muchedumbre de seres excepcionales. Un artista que en verdad se preocupe por la forma buscaría alguna salida a este callejón, porque sin duda estos problemas en apariencia sólo personales están estrechamente vinculados con el arte y la voz del poeta no suena bien, ni puede ser seria y convincente mientras él mismo quede ridiculizado por tales contrastes.

Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente: como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre. Podría también proclamar públicamente esas antinomias y escribir sus versos sin estar satisfecho de ellos y anhelando ser cambiado y renovado por el choque regenerador con los demás hombres. Pero no es posible exigir tanto a los que dedican toda su energía a la "depuración" de su rima. Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder. ¡Qué ilusos! De cada diez poemas uno por lo menos cantará el poder del Verbo y la elevada misión del Poeta lo que, justamente, demuestra que el Verbo y la Misión están en peligro... y los estudios o reseñas sobre poesía nos procuran una rara impresión: porque su inteligencia, sutileza y finura están en contraste con el tono que es a la vez ingenuo y pretencioso. Todavía no han comprendido los poetas que de la poesía no se puede hablar en tono poético y por eso sus revistas están llenas de poetizaciones sobre la poesía muy a menudo horripilantes por su estéril malabarismo verbal. A esos pecados mortales contra el estilo los lleva el temor que sienten ante la realidad y la necesidad de encontrar a toda costa. Una afirmación de su quebrantado prestigio. Formas de la salvación.
La ceguera voluntaria se nota también en ese simplismo tremendo en que caen hombres, por otra parte muy inteligentes, cuando se trata de su suerte. Muchos poetas pretenden salvarse de las dificultades expuestas más arriba declarando que ellos escriben sólo para sí mismos, para su propio goce estético aunque al mismo tiempo hacen lo posible por publicar sus obras. Otros buscan la salvación en el marxismo y afirman con toda seriedad que el pueblo es capaz de asimilar sus refinadísimos y difíciles poemas, productos de siglos de cultura. Ahora la mayoría de los poetas cree firmemente en la repercusión social de los versos y nos dirán extrañados: "Pero cómo puede usted dudar... Vea las muchedumbres que asisten a cada recital poético. ¡Cuántas ediciones se publican! Cuánto se escribe sobre la poesía y cuán admirados son los que conducen a los pueblos por el camino de la Belleza”.
No se les ocurre pensar que en un recital poético es casi imposible asimilar un verso (porque no basta escuchar un verso moderno una sola vez para entenderlo), que miles de libros se compran para no ser leídos nunca, que los que escriben en los periódicos sobre poesía son poetas y que los pueblos admiran sus poetas porque necesitan mitos. No se dan cuenta que si las escuelas no enseñasen a los niños el culto de los poetas en sus tristes y tan formales clases de idioma nacional y si este culto no se mantuviera todavía por inercia entre los adultos nadie, fuera de unos pocos aficionados, se interesaría en ellos. No quieren ver queja supuesta admiración por el canto versificado es en realidad el resultado de muchos factores como la tradición, la imitación y, aun otros como el sentimiento religioso o la afición deportiva (porque asistimos a un recital poético del mismo modo que a una misa -sin comprenderlo- y sólo cumpliendo un acto de presencia frente a un rito; y porque nos interesa la carrera de los poetas hacia la gloria así como nos interesan las carreras de caballos); no, ese complicado proceso de la reacción de las multitudes se reduce para ellos a la fórmula: "el verso encanta porque es bello..."

Que me disculpen los poetas. Yo no los ataco para molestarlos y gustoso tributaré homenaje a los altos valores personales de muchos de ellos; sin embargo ya se ha colmado el cáliz de sus pecados. Hay que abrir las ventanas de esta hermética casa y sacar sus habitantes al aire fresco, hay que sacudir la pesada, majestuosa y rígida forma que los abruma. Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota. -¿Acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?- Y, además, mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y por lo tanto, libres para elegir.

miércoles, 15 de julio de 2009

EL POZO Y LA ESTRELLA


Dedicatoria.
Este lugar de arena y sueño, de sombra y raiz de amor.


También

la noche antes de la noche,

el pozo en la mañana atlántica,

besando

aquella adolescencia.

También

refugiados en la mirada incansable,

en la partida, en donde nadie nos espera,

de sed a sed,

de escucha a mirada,

de respiración a esperanza.

El viejo canto

hace visible tus labios y tus palabras,

los silencios del mar,

tu viejo abandono,

la caída del fuego

en el pozo de la mañana atlántica,

donde miras

aquella adolescencia;

una semilla que crepita,

un murmullo

en la rosa consumada.





Nota; Les pido disculpas a lectores y amigos por no poder ofrecerles la disposición deseada y correcta de este poema en la página debido al formato de blogger.

jueves, 9 de julio de 2009

JUAN RAMON JIMENEZ Y SU CREACION DRAMATICA


Entre los libros y autores que desde la infancia me acompañan y acompañarán hasta el final está la obra y la figura de Juan Ramón Jiménez. Aunque no me gusten las listas, las excelencias y la beatería, siempre creí encontrarme, y el tiempo no cesa de confirmármelo, que, como decía Octavio Paz, suele a veces parecernos caprichoso pero a la larga nunca se equivoca, ante una de las cimas de la poesía de todos los tiempos, porque no siempre Juan Ramón Jiménez fue entendido y apreciado en ese lugar en la poesía europea y mundial, el lugar que a su obra magistral en todos los sentidos le corresponde, actual y abierta.
Fue realmente, como él se quiso “un andaluz universal”, en su labios, en su canto y su obra la tierra que le vio nacer y su rica tradición, a diferencia de tantos otros, aun con el amplio y extraordinario conocimiento crítico que tuvo de numerosas lenguas y culturas literarias, que a algunos molestó por su sagacidad y honestidad critica. No tendríamos hoy de igual forma la obra de Lorca o Cernuda sin su magisterio. Debido a las diferentes conmemoraciones y aniversarios he escrito mucho sobre él, aquí les dejo esta breve semblanza, uno más, sobre el carácter dramático de su obra.




Las huellas de las formas perdidas, Juan Ramón Jiménez nos compromete en la distancia infinita hacia la fusión, el carácter y esquema de su obra es esencialmente dramático, merced a esto, su poesía preexiste a los términos, de la pasión de la obra por la obra, de la alta conciencia de los límites como punto de partida y retorno, allí donde la oposición no opone, sino que yuxtapone, su angustia es una perspectiva del ser humano, es su oscuro fondo el que busca la luz que crea sus certidumbres, el espacio indeciso, el perpetuo desvío.
Jiménez, que partió en su escritura de estados de ánimo hundidos en los paisajes de la infancia, sus paisajes esenciales de siempre, su vaguedad y melancolía con los ecos de Verlaine y Laforgue, nunca se descompuso, siquiera su aparente colorismo llega a reforzarse en sus comienzos, con un fuerte asidero en los cancioneros populares del siglo XVI. Juan Ramón Jiménez daría la impresión final de estar ante una escritura colmada de ritmo. Lo que él buscó fue siempre una depuración, un vaciamiento, como una ciega precipitación hacia el asombro, su vida fue un continuo desprendimiento en su escritura a través del compromiso, esfuerzo por agotar el ritmo y extenderse sobre el refugio de lo indecible, ser pleno e íntimamente en la totalidad, sus nombres impronunciables, su ser escrito dramatizan toda su obra excepcionalmente. Los verdaderos libros son libros de luto que sobreviven al tiempo. La fuerza de la imaginación poética de Jiménez no podía llevarle por otros caminos que los que transitó desde el comienzo de su madurez hasta el final, esa imaginación le hacía rechazar con gran naturalidad el artificio en su escritura, quizá no haya escritor en Europa que lo haya rechazado con tanta honestidad, de ahí sus formas libres, el abandono de los metros tradicionales que había mostrado en sus comienzos, la conciencia extrema de su tarea, el no descansar nunca sobre lo ya conseguido lo hacen un referente siempre actual. La sutileza de sus metáforas lo vuelven a los suyos, a los poetas arabigoandaluces, expresión de experiencias recónditas con declaraciones alusivas. Jiménez convence por su melodía del discurso y los límites de su conciencia. Pero hay algo más, la fuerza que la reflexión final de la obra le da a sus pasiones, no intenta nunca reconciliar los elementos del lenguaje, sino que entablece un infinito ante ellos, un lejano esfuerzo hacia sí mismo, encuentra su coherencia en una visión intima y trágica de la existencia, convocatoria de abrirse y aclararse, allí donde se interrumpe el canto de los dioses comienza el canto trágico del hombre, como bien recordó Holderlin. Jiménez vio en su infancia una comunión y una alianza, una semilla alada que regresaba, un pensamiento que buscaba su propia borradura, realmente no vamos hacia las cosas y expresiones, sino que siempre estamos volviendo. Su obra llegará a conseguir elementos que no siempre han sido bien entendidos, una regreso a formas libres y abiertas desde su tradición, una abierta y perenne musicalidad semántica.




EL EJEMPLO


Enseña a dios a ser tú. Sé siempre solo con todos, con todo, que puedes serlo.

(Si sigues tu voluntad, un día podrás reinarte solo en medio de tu mundo).

Solo y contigo, más grande, más solo que el dios que un día creíste dios cuando niño.



De “La estación total”

domingo, 5 de julio de 2009

HERMANN BROCH Y SUS ULTIMAS HORAS


Hay en Herman Broch una configuración poética del mundo y de la historia, la conflictividad lleva a la creación. Junto con sus amigos Joyce, Kafka y Musil, pertenece a esos prosistas fundamentales que cimentaron la narrativa del siglo XX. Refuerza y despliega la gran mitología del escritor e introduce magistralmente una sintaxis aleatoria, de lo fragmentado infinitamente, destruye en su escritura la ilusión o expectativa de una continuidad, la sucesión de sentidos requiere una estructura firme del texto, esa estructura es histórica, ahora es desintegración y reintegración, el museo y el flasch. En el alternarse del ritmo de sus pàginas, sus partes criticas refieren al desarrollo del discurso mismo, dejándonos una nueva forma de entender la posición del autor en la sociedad, adentrarse más y mejor en la esencia fundamental de una obra.Adelantándose en muchos años a algunas posiciones estéticas de gran actualidad, Broch, como Benjamín, teme el fin del arte en su despliegue masivo, de una estética generalizada, compra, transformación banalizada. En su últimos años se afana en concentrar la fuerza que manda sobre el lector, pero siempre con alternativas de una misma raíz, a pesar de las orientaciones disuasivas y de largo aliento de sus contemporáneos, el lenguaje no debe renunciar nunca a sus pretensiones, lo que es designado por la escritura; participando en la imposibilidad hay realidad. Las últimas horas de Virgilio reflejan en un monumental e histórico mosaico un lenguaje que no depende de nada porque quiere abarcarlo todo. Las grandes relaciones del autor y su obra, el de la muerte absoluta que yace en los límites de la escritura y el habla. Cuanto más reencarnado esté el final, Virgilio y su deseo, mas cerca la inmortalidad y la reintegración de un lenguaje y una historia colmado por la existencia. Las últimas horas de Hermann Broch es la grafía de un infierno cercano, la disgresión de unos valores instaurados en el conflicto.

jueves, 2 de julio de 2009

LUZ DE CANCION SENCILLA

La pequeña anarquista, 1927. Horacio Ferrer




Cae la luz

sobre la vieja noche del patio,

regresas

con el sueño,

con el silencio y la arena.

Nadie

se vuelve a la voz del mar,

a las huellas de una ofrenda.

Cada música

se llena de sal y noche

en las afueras, en su recogimiento.

Cada canción

late su tiempo,

sus golpes de corazón,

su instante cumplido.




1998

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