lunes, 11 de mayo de 2009

RILKE EN VILLA TERESA


Hace algún tiempo, cuando la burguesía sevillana abandonó sus casas en Chipiona, esa misma burguesía cateta que arrasó después esta costa con sus promociones de cemento, en aquel tiempo que no había paseos marítimos del MOPU de farolas y palmeras y se encontraban conchas vacías en los patios. Antes, cuando los caminos eran antiguos con sus pinos piñoneros y yo era un adolescente, me encontré una mañana a Carla en la terraza de Villa Teresa con un libro en las manos, una bellísima mujer. Por entonces yo leía el Hiperión de Holderlin y a mi mente venían algunos de sus fragmentos; el hermoso consuelo de encontrar mi mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga. El libro de Carla eran las elegías de Rilke, que ella me leyó con esa voz de tono justo, porque en la lectura de poemas ese tono debe de estar ya en el oído de quien lo escucha, para que quien lo recita pueda decir en voz alta lo que se está oyendo interiormente. De Rilke me impresionó su nivel formal, su fuerza de interpelación a lo lejano, como el rostro de aquella mujer y el horizonte marino que mis ojos miraban. De esa resistencia sin consuelo, de la aceptación de lo perecedero y de la muerte vino años mas tarde mi apreciado amigo Vicente Nüñez a nombrarme el ángel de Carla. Aceptación de lo perecedero sin lamentos, como aquella mujer que nunca mas volví a ver, como aquella voz, como aquella costa y aquella hermosa Villa Teresa del regionalismo sevillano, hoy, por el abracadabrante marketing, Hotel Playa de estilo colonial.

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