lunes, 2 de mayo de 2016

SPENCER TAMBIÉN MURIÓ CON LAS BOTAS PUESTAS



Por Diego M. Díaz Salado

90 años de la pérdida de uno de los grandes ‘fooballers’ que ha dado Sevilla. Enrique Spencer era el fútbol hecho arte, y los regateó a todos menos a la parca, que le sobrevino en un entrenamiento 

Era una noche de verano. De agosto sevillano. Aún refulgía el metal de tanta plata sobrevenida. Copas. Varias de ellas. De campeón de España. De reyes de Europa. El Sevilla Fútbol Club vivía instalado en la nube del triunfador. En ese parnaso deportivo que crece por encima del bien y del mal. Eran héroes que superaban una historia discontinua, que lo fue espléndida, pero a ratos adversa. Tocada por laureles y salpicada de fatalidades que horadan como viejas cicatrices el corazón del viejo Nervión. Como la que esa noche agosteña de 2007 arreció en el alma de una ciudad futbolera. Un joven atleta caía fulminado al verde y el horizonte fundió a negro. Antonio Puerta se apagó cuando más alumbraba. 22 años e internacional absoluto. Moría el futbolista y nacía el mito, la fábula de un niño que tocó la gloria luego aprender a patear un balón con el escudo del Rey San Fernando cosido en el pecho. El hombre que se hizo leyenda, zurda de diamantes, era pura historia de ese club que lo acogía como integrante de la generación sin parangón que se atrevió a romper los moldes del éxito. Pero Antonio no fue el primero que expiró mientras portaba la honrosa zamarra alba de ribetes carmesíes.

Tres décadas antes, en el 73, otro valiente espichó en defensa de la misma enseña. Pedro Berruezo, también mediocampista izquierdo, se desplomó en el vetusto Pasarón pontevedrés. No era entonces esa una era de esplendor y títulos. Los sevillistas deambulaban por Segunda División, de visita en plazas de poco lustre y muchos jaramagos. El viejo estadio municipal de Pontevedra fue el lugar donde por primera vez en el fútbol profesional patrio pereció un jugador. 27 años, otra zurda exquisita y un excelso remate de cabeza.

Ríos de tinta han corrido de sus hazañas. De sus vidas. De cómo la parca los capturó. Pero que nadie los dé por únicos. Existe otra figura fundamental del pasado sevillista que también feneció en acto de servicio. Un fallecimiento del que hacen apenas unas semanas se cumplieron 90 años, y al que en los tiempos que corren pocas glosas se le han tributado. Hablamos de Spencer, y esta es su historia.

Se llamaba Enrique Gómez Muñoz, y con el apellido británico con el que hoy lo conocemos, no guardaba ninguna relación. Más allá que adoptarlo como apodo. Pero esa harina es de un costal que habrá de llegar. Narremos por partes, aunque antes, habrá de imaginarse a un abuelo y su nieto, bufanda rojo carmín anudada en la muñeca. Plena década de los 90. Ambos, de la mano, frente al imponente mosaico de Santiago del Campo, el que se alza en la preferencia del Ramón Sánchez-Pizjuán. El nieto es un mocoso preguntón de tres palmos y cada domingo alterno, antes del preceptivo partido de las cinco, no tiene otra cosa que hacer que intentar acertar todos los escudos que el mural exhibe: Milán, Barcelona, Benfica, Real Madrid, Athletic, Arsenal, Boca Juniors, Betis... Sí, el acérrimo rival tiene aquí un lugar. Así hasta 59. Causa atención la zona baja, donde descansan unas claves encriptadas, como si fueran jeroglíficos en un templo profano levantado al dios Fútbol. Incansable en la cuestión, el zagal lanza la pregunta del millón: «¿qué es S.H.-1923?». «Iniciales de Spencer y Herminio, niño, los primeros jugadores internacionales que tuvo el Sevilla». 

Más de veinte años después, el rapaz que tanto preguntaba se deambula por las tripas del coliseo sevillista. Allí es conducido hasta una sala moderna, con mesas de trabajo, estanterías repletas de volúmenes y bastantes más banderines, éstos de tela, que los que muestra el mosaico de preferencia. El rótulo de la puerta explica a las claras lo que ahí se cuece: Área de Historia. En una mesa larga, el preguntador vuelve a hacer de las suyas. «¿Quién era Spencer? Él también murió siendo jugador del Sevilla...». Y su interlocutor parece salivar. Se autodefine como «un pirado» que sigue la vida del mítico futbolista malogrado. Trianero, de honda pasión sevillista y amante de los viejos legajos que cuentan cosas, a Antonio Ramírez le gusta el fútbol tanto como indagar en el pasado. Por eso es miembro del Área de Historia. En los últimos años, ha desarrollado una suerte de fijación por destapar los intríngulis de la vida de Spencer, y fruto de ello, el periodista, que lo tiene frente a su cuaderno, ya desfunda la grabadora. Acompaña, para describir del todo la escena, otro hombre dado a la memoria de su equipo del alma, Carlos Romero, miembro también de este distinguido grupo de investigadores futboleros.

«Spencer», repite Ramírez casi temblando. «Spencer fue uno de los mejores jugadores de fútbol en la España de los años 20», y sin pausa, dispara un relato que si fuera película, estaría más que condecorado. Enrique Gómez Muñoz nació a finales del siglo XIX, el 4 de marzo de 1897. Por azares de la vida, vino al mundo en nada menos que la calle Betis, pese a que su familia vivía al otro lado del río, en el Arenal. Ese es el motivo por el que siempre se le ha tomado por trianero. Era hijo del práctico del puerto, el hombre que posiblemente hacía que arribaran a buen dique los vapores británicos que introdujeron el foot-ball en Sevilla. Quién sabe si en España. Sexto hijo de un total de siete, fue bautizado en la Parroquia de Santa Ana, con el completísimo nombre de Enrique Emilio Manuel de la Santísima Trinidad. Hablan del pequeño Enrique como un chaval de indomable pelo rubio, tez clara salpicada de pecas y mirada brillante. Espigado, de tronco delgado y finas pantorrillas, su perfil era más el de un novillero en prácticas que el de un aprendiz de footballer. La prueba del algodón eran los zapatos de puntera desgastada, y cómo no, verlo dar toques con un balón de trapo. Desde muy joven, formó parte de equipos menores de la ciudad, como el Victoria FC, el Athletic Club de Sevilla o el Recreativo de Sevilla. A los 15 años llegó al Sevilla Fútbol Club, donde pasaría 13 temporadas hasta el día de su fatal muerte, con dos breves incursiones en el Oviedo –por el servicio militar- y el Español de Barcelona, donde no llegó a debutar tras un fichaje frustrado y del que regresó al equipo de sus amores.

Sus primeros pasos en el equipo blanco y rojo los dio desde la defensa, hasta asentarse como interior derecho de un estilo de juego que no entendía de medio campo. Tres defendían y el resto eran delanteros. Spencer fue destacado integrante de esa generación estilosa con la que nació la escuela mal llamada sevillana, toda vez que era practicada por el Sevilla Football Club, por lo que por nombre preciso no cabe otro que no fuera escuela sevillista. Regates, filigranas, malabarismos, diabluras y virguerías hicieron arte del fútbol que Spencer rezumaba por sus cuatro costados. La pared, el cuarteo, el dribbling eran las fórmulas ideadas para librar desafíos Despeñaperros arriba, toda vez que el campeón de la Copa Andalucía debía enfrentarse a los homólogos triunfadores de otras regiones, casi siempre frente a norteños de altura y anchura de espaldas superior a que es estilaba por el Sur. La diferencia de tamaño y fuerza sólo podía ser contrarrestada con sutiles toques de torería futbolística.

Corría la primera mitad de la década de los diez y Spencer se había afianzado en el que ya llamaban eterno campeón de Andalucía. El Sevilla dominaba con puño de hierro la única competición por entonces vigente, de rango regional, pero la familia del joven Enrique no consideraba que pasara horas y horas en el campo Reina Victoria ataviado con calzones cortos y haciendo piruetas tras un bulto redondo. El periodismo de la época ya narraba crónicas de aquel divertido sport, por lo que su nombre aparecía en el once del equipo. Fue entonces cuando adoptó el alias que lo haría famoso y que birlaría, con todas su dotes regateadoras, la vigilancia paterna. Se dice que el mote Spencer deriva, por una parte, de rendir honores a un futbolista británico del Jerez por entonces muy admirado, aunque también podría ser impuesto por sus compañeros, dados los aires británicos que su apariencia antes descrita derrochaba. El caso es que coló. Y el nombre, magnánimo como pocos, recorrió la geografía hispana con el convencimiento que era uno de los mejores de su época, como llegó a escribir el mítico portero Ricardo Zamora, que lo sufriera en sus propias carnes.

Tanto fue así que en 1923 recibió la llamada de la Selección Nacional, que jugaba un partido en Sevilla frente a Portugal. Él y Herminio fueron los primeros jugadores del equipo sevillista que debutaron con el equipo nacional. Pudo debutar antes, en 1922, cuando fue llamado por primera vez a filas de una escuadra, la española, atestada de vascos, catalanes y madrileños, en la que el estilo de fútbol sevillano no hacía tilín por buscarse rudeza y fortaleza física. Pero esa llamada, también para jugar un partido contra Portugal, esta vez en Lisboa, resultó un fiasco, toda vez que cuando Spencer llegó en coche a la capital lusa, el partido ya había acabado.

A Spencer incluso se le reconoce como el genuino inventor de la chilena, por entonces no calificada como tal. No existen referencias escritas anteriores a las de ese 22 de marzo de 1915 cuando en la final de la copa Duque de Santo Mauro, en la ciudad gaditana de San Fernando, una acrobacia inverosímil, descrita en las crónicas como si de una tijereta se tratase, acabó en gol ante la primera sorpresa del respetable y la consiguiente explosión de júbilo. Fue tal el impacto, cuentan, que rompió a sonar la banda de infantería de Marina que allí se encontraba.

Spencer era uno de los cracks de este Sevilla que hacía arte del fútbol. Fue integrante de la llamada línea del miedo, junto a otros míticos del balompié patrio como Pepe Brand, Kinké, Escobar, León o Rey. Pero además, Spencer era un divo de la pujante sociedad sevillana de los felices 20. Soltero, no era difícil verlo transitar por el centro tocado con sombrero, frecuentando cafés de moda donde se bailaba charlestón. Ora melena rubia al viento, ora cabello corto, eran constantes sus cambios de look. Su cuerpo era el de un figurín, un sportmen de la época que disfrutaba del deporte más allá del foot-ball. Competía, y ganaba, en carreras populares, demostrando unas condiciones atléticas muy superiores a la media de la época.

Pero la vida guardaba el peor de sus serretazos. Corría el jueves previo a un partido vital frente al Real Madrid, en la fase de grupos del Campeonato España, la Copa del Rey. De un momento, Spencer se retorcía de dolor en el suelo del campo de la Reina Victoria, en mitad de un entrenamiento. Maldecía en arameo. Quería jugar ese partido. Fintar, esquivar las acometidas y perforar la meta contraria. Fuertes molestias abdominales hicieron que fuera trasladado con urgencia a la clínica, donde fue intervenido. Semanas antes había padecido de apendicitis, y todo hace indicar que la sanación no había sido óptima. El estado era grave, tanto que el domingo, 14 de marzo de 1926, mismo día del citado partido, a las 10 y media de la mañana, Spencer se apagó. El encuentro se jugó, y sus compañeros, rotos de dolor, perdieron 0-1 frente un Real Madrid cuyos coequipiers decidieron pernoctar en Sevilla para acudir al entierro de su talentoso rival. Hubo homenajes, como aquella Copa Spencer –un único partido- en la que el Betis ganó al Sevilla. Pero su historia no acabó aquí. Su equipo rotuló el mosaico con su inicial y hace apenas unos años, dio cumplimiento a un acuerdo de Junta Directiva de 1928 que acordaba brindarle un mausoleo en un honroso lugar del estadio, hasta entonces no cumplido. Ahí vive ahora Enrique Spencer, en la planta noble de la bombonera de Nervión. Pero su herencia es intangible. Clase y talento a raudales. Ese gambeteo de genio forma parte de algo quizás más inmortal que una bonita estatua. Spencer integra, de alguna manera, el legendario himno sevillista: Sevilla, Sevilla, Sevilla, es el fútbol hecho arte y filigrana...


El Correo de Andalucia, 01/05/16. Aquí, la edición digital.


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