miércoles, 14 de septiembre de 2016

RECUERDOS DE UN SOCIO INFANTIL


Por Manuel Ferrand


Le sacaban el recibo mensual en la calle Sierpes, frente al Mercantil, subiendo una escalera estrecha y empinada, obra sólida de antiquísimos alarifes; tan resistente que soportaba cada mes la impaciencia de una cola maciza; tanto como el graderío de madera gris y crujiente de la tribuna. 

Le llevaban al campo de Nervión como quien va de excursión al campo de verdad; bien provisto de intendencia porque sabido es que las excursiones avivan el apetito. Llegaba una media hora antes de comenzar el encuentro, pero ya había espectadores en la tribuna, en los bancos de pista, en el terraplén de la general, porque ir al fútbol era una manera muy particular de echar la tarde, sobre todo si se presentaba soleada. Otros, en cambio, llegaban con el tiempo justo, después de estimularse con el aperitivo de un partidillo en el Subcomité. 

Al socio infantil, atravesada la tapia, le llamaba la atención el chalet vasco o así que servía de vestuario, con sus barandas de madera, adosado al marcador primitivo y, sobre todo, el alto muro del frontón que remataba un extraño escudo parecido al del Sevilla pero que no era el del Sevilla, sino escudo misterioso. Allí era donde hacían manos reglamentarias Campanal, Euskalduna y aquel Fede que usaba patillas cuando nadie las usaba y pañuelo anudado como casquete, que no se quitaba ni para jugar la Copa del Mundo. 

En cada partido, el socio infantil esperaba el salto inverosímil, felino y certero de Guillermo Eizaguirre, el de la camiseta absurda, con cuadritos grises, camiseta de la suerte; la pajarita de López, el patadón de Deva, globo fenomenal de trayectoria inadivinable; el gol que la mole blanca de Campanal conseguiría contra viento y marea en la meta de Zamora, Ciriaco y Quincoces. Esperaba todo eso entre pregones del cacao Sam, de la cerveza, de la gaseosa, de los bocadillos y de “Campeón”; entre gritos de aliento y desaliento, enfados estrepitosos y sonoras chungas, cuando se le buscaba la rima al apellido del árbitro –con lo bien que arbitraba Melcón…- o se pedía “faut” y córner porque sí, porque la cosa se ponía nada más que regular. Con tales ingredientes se iba formando una modesta mitología donde entraban los personajes admirados, el efecto salutífero instantáneo de la llamada agua milagrosa, el cantarazo en la cabeza, la sonrisa de Pepe Brand , mirando a la tribuna después de un feliz primer tiempo; la figura de don Ramón, el presidente, en el palco, y la de don Ramón Encinas, en el banco a ras del césped; la portería favorable, el jugador –o el árbitro, o el equipo contrario- gafe de necesidad y las sombras evocadas por los nostálgicos –que si Spencer, que si “Kinké”-, bajo la arboleda de Eduardo dato. 

Luego, el socio infantil fue poco a poco alejándose de Nervión. Volvía de vez en cuando y disfrutó con las estupendas inimitables diabluras de Raimundo, de un Pepillo y de otro Pepillo que vino después, de Mateos, allá por el tiempo de los “stukas”. Dejó de ser infantil y de ser socio. Muy de tarde en tarde volvió por Nervión. La verdad es que ahora, si va, no lo pasa bien. Le parece que el fútbol se ha convertido en una cosa muy complicada, muy fría. Es más científico como dicen los cursis, y mas aburrido también. Cosas del fútbol. Y cosas de uno, que tampoco es el mismo de antes. 


Fuentes: Revista gráfica Sevillismo. Enero 1972. Nº 10. La palangana mecánica, septiembre 2016.


Sobre el autor; “Nació Manuel Ferrand Bonilla en esta Sevilla amada en 1925. Y ha hecho tantas cosas, ha tenido tantas vertientes para el fluir de sus veneros, y tan bien todo, que se le puede aplicar sin duda el título de Hombre de las Musas. Escribió obritas de teatro cuando era un niño, colegial. Fundó un Cine-Club en su primera juventud, mientras dibujaba historietas y chistes para «Dígame», escribía cuentos para niños en «Letras» y para gente mayor en no sé cuántas revistas más. Inventó cosas tiernamente inútiles, pero que se vendían: algún juego de mesa, un abecedario deducido por asociación de imágenes y algo más. Llevó el peso de la revista «Museo» de Radio Nacional de España en Sevilla. Por entonces soñó en ser guionista profesional. Y entre esta barahúnda aparente, estudió en la Escuela de Bellas Artes y en la Facultad de Filosofía y Letras, en la que se licenció. Y pintó: retratos, murales; expuso en cuatro ocasiones, ilustró libros y colaboró intensamente en revistas de Madrid y de Sevilla. En la colección de «La Codorniz» hay centenares de obras suyas. Pero sus dibujos no son de un simple humorista gráfico, pretextos para ilustrar una frase ingeniosa. Son acabadas obras de arte. Y ha dado cursos en la Rábida, en la Universidad de Pamplona, en Madrid, a grupos de universitarios norteamericanos; sobre Arte, Novela, Periodismo, Literatura. Profesor de Historia del Arte, primero en la Facultad de Filosofía y Letras, luego en la de Bellas Artes. Y finalmente, sus dos actividades cruciales (lo son como el meridiano y el primer vertical. ¿O no lo son?): el periodismo y la novela”. (1) Fue académico de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla y como periodista formó parte de la redacción de ABC de Sevilla. Obtuvo varios premios literarios como el Elisenda de Moncada (1966),el Platero (1967) o el Premio Planeta (1968 por su novela Con la noche a cuestas). Otros títulos; El otro bando (1966); La sotana colgada (1971); Quebranto y ventura del caballero Gaiferos (1973); La forastera (1974); Los farsantes (1975); El negocio del siglo (1977) y el volumen de relatos Fábulas sin remedio (1972). Destacó también en el campo del ensayo con títulos como Carta abierta a un españolito que viene al mundo (1974); Calles de Sevilla (1976) o La naturaleza en Sevilla (1977). Falleció con 60 años en 1985. Desde 1997 unos jardines sevillanos llevan su nombre. 


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