miércoles, 20 de abril de 2016

NIÑA DE LOS PEINES, 1916.



Así como hay la belleza japonesa, hasta con su Venus de ojos oblicuos, chata y de pómulos salientes, hay otra belleza frente a la belleza evidente. La niña de los peines es muy morena, chata, de boca grande y ojos rasgados. Es de una juventud desgarrada, profundizada, por los ardores de su canto. Le dan una gran seriedad esas cejas suyas, reflexivas sobres sus cuatro ideas de pasión. En el tablao, sentada en su silla como una reina dominadora, dejando que la guitarra se entone para entrar en el cantar, La Niña de los Peines se eleva sobre sí misma; los golpecitos de pie con que acompaña a la guitarra son elocuentes e imperiosos.
-Tin-tipitin-tipitin-
Mira hondamente a la sala, mira cómo se mira al vacío cuando se está loco de pena o de amor, cuando se piensa en otra cosa, en una cosa gravísima que turba el corazón. Son largos los solos de esa guitarra que la acompaña. Ella, llena de importancia, se deja esperar mucho, mucho, y al fin dice la primera queja de su cantar. Es un alarido, primero desgarrado, muy desgarrado, casi sin ritmo, pero al que salva una cadencia profunda con que ella lo ordena y armoniza de un modo inimitable. Así se ve que el grito salvaje, desacertado y sincero, era necesario a la belleza del cantar para darle unas entrañas vivas y conmovedoras.
Esto es los maravilloso, de este flamenco que canta La Niña de los Peines, del verdadero flamenco que es la prosa, el grito desesperado, bronco, cortado, espontáneo, de una altura inaudita; la salida brusca, la ocurrencia estupenda, convertida en un canto de clavijas apretadas, de medida precisa, de admirable enlace con la música.
Nada más serie que este cante flamenco de la Niña de los Peines y a la vez nada más gracioso cuando ella lo acaba o lo salpica con esos triquitraques de palabras, con esos estribillos arbitrarios y cortados en que se olvidad y se burla de su dolor haciéndolo más agudo, en que juega y coquetea con su pena, con el malabarismo admirable de su voz, siempre llena de una sensibilidad sangrienta.
Me será inolvidable como he visto a La Niña de los Peines de litúrgica, de erguida, pestañeando mucho sus ojos, como esas estrellas que titilan nerviosas algunas noches, su boca abierta, negramente abierta y torcida, para dar toda su voz, respirando ávidamente el mucho aire que necesita su cantar. La Niña de los Peines es frente al cante académico el canto libre, que sorprende con matices desconocidos de la voz, con honduras desconocidas del alma, ecos misteriosos y combinaciones extrañas de una cadencia áspera a la par que dulce.
Movida por la curiosidad de ver de cerca de esta mujer tan genuina representante del alma andaluza, de ese alma elegiaca, apasionada, consumida en su propia pasión. He ido a ver de cerca a La Niña de los Peines para oírla hablar como la he oído cantar, como si deseara que se completase en mí su figura.
El cuarto de una fonda donde viven dos mujeres, con ese desorden natural de los artistas, una sola gran cama, donde duermen la madre y la hija, y esa tristeza de los cuartos de fonda, en lo que todo es siempre extraño a todos, con una frialdad de asilo, de rincón de café, donde no se es más que transeúnte.
Me recibe la madre, un tipo de gitana, guapa, matronil, de carácter insinuante y entrometido. -Mi hija duerme -me dice-; la pobre está cansada,  esta tarde ha dejado de ir a los toros por esperar a usted…, pero como tardaba… Antes de que se lo impida llega a  la cama y llama -Pastora, Pastora…- La joven duerme vestida tapada con la gran manta roja de la cama, y hace un movimiento para levantarse presurosa. Yo la detengo.
-Hablemos así -le digo-; esto nos dará mayor intimidad; me hablará usted como se habla a las amigas que se sienten a la cabecera del lecho. Pastora sonríe con una sonrisa algo ingenua, bastante triste,  y se recuesta bocabajo, apoyada sobre los brazos, con los cabellos deshechos cayendo sobre el rostro y con la mirada lejana a todo lo que le es habitual. A todas las preguntas sonríe y calla, no contesta más que con monosílabos, pero en cambio su madre se adelanta y me lo dice todo.
-¿Es usted andaluza?-. Me dice sí mientras sus ojos miran a Andalucía. -Del propio Sevilla-me contesta la madre- y criada en uno de los barrios más castizos hasta los once años, que vinimos a Madrid a ver a una tía suya. -¿Desde cuándo empezó a cantar? -pregunto deseando que ella me conteste- -Desde entonces -ataja la madre-. Todos me decían; tiene un tesoro en la garganta, pero yo decía, Jesús, María ¿cantar mi niña?. Pero la necesidad obligó…y ya ve usted… Empezó entonces…en ese viaje, a los once años….. ¿Dónde?. En el Café del Brillante, en la calle de la Montera, después, en todas partes. ¿Ha estado en el extranjero?. Ella dice sí con la cabeza. ¡Ya lo creo! – responde la madre-. En Santander, Paris, San Sebastián y Berlín. He ido a impresionar gramófonos, pero no he trabajado más que en España -dice ella. Su voz es llena, musical, agradable, y tiene ese gracioso acento andaluz que no se puede representar gráficamente; por como la letra se alarga, se adelgaza y se suaviza entre los labios. -Siempre estamos de viaje -dice la madre- y gracias a Dios nunca nos ha pasado nada malo. A América nos da miedo ir porque al venir de Melilla por poco nos ahogamos y le tengo miedo al mar. -Cuénteme usted alguna historieta de su vida -le pregunto con la esperanza de hacerle hablar-. -Nada, nada -se apresura a decir la madre-. Usted querrá saber los artistas que más le gustan. De cantaores, Chacón…; tocaores, Ramón Montoya, Habichuela… -No es necesario…Puede usted decir que es muy buena, muy generosa; podía ser muy rica y es el amparo de toda la familia; hermanas, tías, primos…, no sabe lo que gana y es su madre quien lo arregla todo. Miro con cierta lástima a la pobre criatura, callada y sumisa, tan buena hija que se anula y se somete en todo a su madre. -¿Qué canos le gustan más?. -Las coplas que ella arregla e improvisa. -Dígame alguna. -Allá van, de tango:

Diez céntimos le di a un pobre
y me bendijo mi madre;
¡qué limosna tan chiquita
por recompensa tan grande!

De malagueña:

Los pícaro tartanero
un lunes por la mañana,
los pícaros tartanero
le robaban las manzanas
a los pobres arrieros
que venían de Toscana.

De peteneras:

Niño que en cuero y descalzo
vas llorando por la calle,
ven acá y lloran conmigo,
que tampoco tengo madre,
que la perdí cuando niño.

De bulería;

Yo se la pedí llorando,
al de la Puerta Real,
que me quite este fatiga
tan grande que tengo
que no la puedo aguantar.
Qué pena es quererte tanto
Y tenerlo que ocultar.
¡Estos sí que son quebrantos!.

De seguidilla;

Padre mío Jesús de Santa María:
Estos pezares que mi cuerpo tiene,
yo le pido a Jesús  de Santa María
que estos pezares que mi cuerpo tiene sean alegrías.

De taranta;

Corre, ve y dile a mi Gabriela
que voy a las herrerías,
que duerma y no tenga penas,
que vuelva mañana y día,
que voy a fabricar canela.

¡Prosa conmovedora! Hay que ver cómo en la pronunciación embebe y alarga la medida para formar el verso. -¿No canta uste más que flamenco?. -Nada más, si yo quisiera se coupletista, me sería muy fácil; pero no quiero. No hay cantaoras, y coupletistas hay muchas. -¿No canta usted picaresco?. -No, mi niña es muy moral -dice la madre. En cuanto entra en un teatro, acuden las señoras y to el público se ve lleno de sombreretes. -¿Por qué la llaman La Niña de los Peines?. -Por una canción que cantaba cuando empezó. Y ya no me acuerdo de ella -dice Pastora, y añade: -A mí no hay nada que me guste como lo castizo; no pierdo mi acento jamás; Me gusta ponerme esta faldilla de lunares y un mantón, y ná más. -Y eso que tiene traje casi regios -dice la madre-, y en la calle es tan elegante como la primera. -Todos los años -dice Pastora- que ya ha adquirido confianza- canto saetas en Málaga o en Sevilla; estas dos poblaciones y Madrid, es lo que más me gusta en el mundo. -¿Más que París?-. -¡Ya lo creo!-. Su novio es de Málaga, -dice terciando en la conversación otra mujer de tipo gitano y cabellos blancos-. -Ahora estamos disgustados -dice Pastora- y tengo mucha pena-. -Es un señorito andaluz que quiere casarse con ella -añade la otra-. -¿Se va usted a casar? -¡Cá! -interviene la madre -¿Qué haría yo entonces?. -Criar a sus nietos, señora -le digo riendo. Entretanto, como para desviar la conversación, La Niña de los Peines me recita su saeta predilecta;

Se enturbecieron los cielos,
hubo eclipse extraordinario,
le da un desmayo a María
al pie del monte Calvario
viendo a Jesú en l,agonía.

-Todas su coplas son casi místicas. -¿Es usted devota?. Mucho, adoro al Señor del Gran Poder y a Nuestro Padre Jesús y ….-¿Será usted también supersticiosa?-. – Sí, me asusta que se derrame la tinta, viajar en martes, la bicha…todo….soy muy miedosa, pero, para que usted vea. Al mismo tiempo, con lo que más disfruto es con que me cuenten cuentos de miedo, de muertos y apariciones. -Y no es cobarde -añade su madre-. Aquí, ande usté la vé, suelta una bofetada al que se propase; ya la han llevado algunos. -La encuentro triste. -¿Está siempre así?- -Por mor de este -dice la más anciana- cogiendo un retrato de una gran caja, en que revuelve para darme el de Pastora. Apenas lo he tomado, cuando La Niña de los Peines me lo arrebata y lo estrecha contra ella, llenándolo de besos. Su mirada y su actitud se han impregnado de toda la voluptuosidad de su alma, hipertrofiada por el cante. Parece que esta mujer se ahogaría en pasión, si no la desahogase en sus cantares; que la abruma y la supera tener tanta alma en bruto.
Después de este arranque vuelve a quedar silenciosa. Mira y calla como extasiada, como esperando volver a cantar en las horas que no canta. Es como si tomase inspiración de las horas que pasan calladamente a su alrededor. En el silencio y soledad de esas horas, ahorra la voz que después regala a chorro suelto; en ellas cautiva su salvajismo, se inspira en su instinto, en ese alma en la que no se debe intervenir con ninguna perturbación ni ninguna lección, sino se debe dejar que cunda en soledad, respondiendo a ese nombre español, gitano, flamenco de Pastora, que también se unió al apellido Imperio, porque él tiene algo de imperial, de castizo, de rotundo, como un milagro de pasión y de expresión, desgarradora y profunda.

Carmen de Burgos. 
Fuente; Revista Semana. Madrid. 1916. B.N.E.








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