sábado, 11 de febrero de 2012

ANTONI TAPIES, UNA VINDICACION DEL ARTE CONTEMPORANEO



Francisco Garrido


Tápies ha muerto, trabajando y a los 88 años de edad, eso dicen las crónicas y eso me conforta creer. Antoni Tápies, su obra, representa en sí misma la forma (y la función) del arte contemporáneo. Fue capaz de pasar de la abstracción geométrica del cubismo (la elegancia prudente y fría de un Juan Gris) a la abstracción geológica, donde las formas ya no respoden a patrones perfectos, sino a una difusa y viscosa presencia mineral que se mezcla con lo orgánico y lo sintético (recordemos el famoso calcetín). Esa presencia geológica pura (abstracta) no puede manifestarse en la separación de la línea ni en la distancia de los volúmenes ideales, sino en formas mestizas de momentos telúricos que son fijados en la obra y que se extiende en el lienzo y con el lienzo mismo (cualquier cosa puede ser lienzo).
La obra de Tápies anticipa una experiencia del mundo que la sensibilidad común no ha ni percibido ni entendido. Nos hace vivir situaciones de equilibrio y salida ante escenarios que solo están planteados, y percibidos socialmente, como problema. Tápìes no nos acerca a otra forma de relación con la naturaleza sino que nos hace sentir que somos naturaleza en la expresión más elemental y unívoca. Y eso es el arte y especialmente el arte contemporáneo en un mundo que ya está cubierto por la mirada de la ciencia y la mano de la tecnología. Por ello las obras de arte nunca son bien entendidas cuando brotan. No es que haya una dimensión profética en el arte, pues el profeta anuncia lo que vendrá, mientras que el artista descubre lo que ya hay pero no vemos, ni sentimos.
El arte no es útil (no es una máquina), no es solo un asunto de emociones, ni es un truco mágico que suscita ilusión, no es un paisaje que decora, no es bonito. Una obra de arte no es tal porque nos resuelva problemas inmediatos, ni porque sea emocionante, o ilusionante, o porque sea una práctica que nos provoque chorros de placer: el arte es una forma compleja e instintiva de conocimiento. Las emociones, las ilusiones, el placer, son instrumentos al servicio del conocer. El placer artístico contemporáneo es un placer abstracto. El arte contemporáneo tiene que bregar con una experiencia del mundo que ya no es simple ni evidente. Si la ciencia nos ofrece una forma de ortopedia cognitiva, el arte contemporáneo nos dota de una ortopedia sensitiva. El arte contemporáneo ha sido perseguido y atacado por todos los totalitarismos del siglo XX, desde el nazismo que lo calificó de “arte degenerado”, hasta el estalinismo que lo motejó de “arte burgués”. Es lógica esta inquina si comprendemos que el arte contemporáneo es capaz de liberar las potencialidades de la modernidad que ellos, los totalitarismos, constriñen y reprimen. El capitalismo liberal rebaja en nada su fobia contra el arte contemporáneo, solo que su estrategia de ataque ha sido más inteligente: la canalización mercantil. Los que acusan injustamente, como Pérez Villalba, a Tápies de ser un decorador de salones burgueses, han entendido muy poco, si es que han entendido algo. Puede que muchas obras de Tápies duerman en esos salones burgueses. Pero están ahí al mondo en que ocurren en el cine de terror con esos objetos raros que de pronto aparecen y nadie sabe de donde vienen y qué son, pero que tienen un raro atractivo. Lo colocan, sin saber por qué, en el mejor lugar de la casa. Pero esos objetos raros resulta que ocultan a miles de “aliens” dispuestos, a la menor señal del ambiente, para invadir el mundo


Publicado en Paralelo 36 11/02 /12

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