viernes, 28 de enero de 2011

ILUMINAR A VALDES. I


      
      Solía ser la idea, a los pies de una Iglesia desconocida, subía las escaleras y dos capillas laterales.

A casi nadie que haya vivido las ultimas décadas del siglo XX cree en un cierto arte acusatorio, Hegel pensó los procesos aplicándolos a los extremos.

Sería maravilloso poder contestar las preguntas que la pintura de Juan de Valdes Leal nos hace sobre el poder transformador del arte. El punto de vista alternativo es el que históricamente había alcanzado el final de la línea, se planteaba extender las vías hacia lo estéticamente desconocido, se podían refinar las potencialidades. Fase lineal-fase transitiva. Los artesanos ya habían dejado de preocuparse por la pureza y escondían sus técnicas, no se creaban los testimonios de las criticas radicales, y es digno de observar que las primeras de unas series en el color lo extravíen, su tono de rechazo lo reconocemos en la composición. Yo mantendría una distancia impulsiva y torpe sobre sus ángulos, el debilitamiento desde donde arranca su modernidad que ha dejado de ser alguien con un papel activo. Contenido y sentimiento apropiado, frente a las inclemencias del mundo se inscriben sus elegías. ¿Pero por qué molesta crear un espacio de belleza en un mundo cruel? Su modernidad intratable fue consuelo y alivio.

A mi parecer, no se pueden redondear las visiones de su obra, quiero decir que cada argumento requiere una conclusión, ¿por qué no terminar en cuanto se canse? Interrumpe un dialogo de siglos en el tratamiento de la luz y abre las grietas que después no pueden ser cerradas, los ruidos del color van en mas direcciones, el intento de reproducción cuenta y crea un nuevo recuerdo, ilumina la historia que quiere ser contada, no indico interpretada.
No tengo ánimo de predicador, sino caer mas abajo en la presión de la conciencia; cobran vida y se evaden, ese impulso es en la oscuridad, donde apenas está la luz y el color y todo se desvanece, y toda la luz me llena de miedo porque podría expresarme. En sus trazos murales quería acordarse de todo lo que hacía. Comprimiendo el espacio, su bondad está en movimiento. Los principios del buen diseño no le interesan, la búsqueda de un cese genera su propio movimiento. Te has subido desde el coro a la corniza, avanzas en la penumbra hacia la cabecera de la Iglesia. El órgano derruido y silencioso, las manos está llenas de pintura, soplas el muro y se esparcen.

Los ruidos del color crean un nuevo recuerdo;

mas abajo en la presión de la conciencia.

La luz podría expresarle y las manos están llenas de pintura.

Estaba en una distancia torpe e impulsiva sobre sus ángulos.


Abril, 1992

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