miércoles, 5 de mayo de 2010

LOS ULTIMOS DE SAN CRISTOBAL





Durante el año en que el Estado español me tuvo encarcelado en Aizoáin (Navarra) (para ellos servicio militar), me propuse colgarme cuatro medallas como deber moral y burla hacia sus honores. No hacerme un idiota y ayudar piadosamente a los demás a no serlo (fin último de aquello y de algunos desgraciados), leer, escribir y ser el primero en salir del cuartel. Me colgué las cuatro medallas. Durante aquel largo año solía marchar a Grenoble, por sus calles y por los Alpes disfrutaba de mi escasa libertad con la hermosa compañía, entre otras, de toda la gran literatura francesa. Como yo me limitaba a leer, escribir y a hacer escalada con el grupo de montaña en la Sierra de Aláiz y los Alpes, les debí parecer un tipo raro. Una noche, atrapados bajo una tormenta de nieve en el corazón de los Alpes y pese a nuestra advertencia a los mandos militares españoles de lo que era una escalada sin retorno, nos dejaron olvidados, ya sabía de la montaña y su terrible locura, pero aquello fue a peor al rescatar a un soldado con la razón perdida disparando en la oscuridad. Como tenían que cargar su ineptitud, torpeza y mala conciencia contra alguien, fueron contra nosotros. Al soldado, en lugar de al hospital, lo metieron en una granja cercana con ovejas, a mí y a otros dos compañeros, al Fuerte de San Cristóbal. Durante un mes permanecimos solos en aquella siniestra y ruinosa fortaleza, recordando, entonces para las autoridades militares, chismes y exageraciones, la terribles matanzas que los golpistas realizaron en 1938 y de las que estaba al corriente por mis amigos navarros, yo relía las cartas de mi Padre, aprendiendo, como Cervantes, a tener paciencia en la adversidad y sentía con Dostoyevski sus entrañables noches blancas. Amigos militares franceses de la brigada alpina no daban crédito a la conducta de los militares españoles. Un mediodía radiante, bajo el monte Ezcaba, fui el primero en cruzar la puerta del cuartel y abrazar mi libertad, arriba quedaba la derruida fortaleza, atrás la mesa y mantel preparados como invitación de despedida de aquella patética caverna de carceleros con su patria y sus majaderías.

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