viernes, 27 de noviembre de 2009

LUDWING HOHL, PUNTO CERO



Las vulgaridades del consumo de masas son temibles, desplazan a la crítica del lenguaje, nos llevan a sus prejuicios y a sus mitos, niegan toda referencia ideal, como bien anticiparon Kafka y L. Hohl. La mentira, con sus obligaciones institucionales, enmascara el conflicto entre escritura y vida, lo reduce a tal simplicidad que anula todo principio de explicación, la relación de la literatura con ella misma y con la vida. En la interrogación que toda la obra de Hohl establece está esa rebeldía, ese curso dramático del aislamiento y la soledad que preserve a los creadores. Estos, necesariamente, quieren recuperar el habla de los acontecimientos iniciales para llevarnos hacia la claridad. En el posicionamiento del simulacro en un tiempo diferido extraemos nuestras extrañezas y metáforas, la gran literatura que aspira a su propia desaparición. Los verdaderos dramatizadores están ya en la posfiguración, en una relación agónica con el entretiempo, fragmentación continua de un único libro donde la palabra es devuelta. En este cese de perspectivas, la negación se ha instalado fuertemente en los recursos del arte literario con una frecuencia más audaz, vemos convenciones y no oportunidades de la verdad. El silencio trae la ruptura, un movimiento de retracción hacia todas las formas pasadas, el regreso del instante testimonial, hacia los espacios de atención y espera. En un encuentro retardado y nocturno está la escritura de L. Hohl, esa voz que clama en su propio desierto.

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