viernes, 14 de agosto de 2009

RETORNO




Hay un procedimiento interno, hacia una cierta dominación del azar, donde el texto siempre se encuentra en los límites del oscurecerse y desaparecer, el juego, como señala Foucault, de una crítica que hablase infinitamente de una obra que no existiese, quizás en la repetición enmascarada solo exista el punto de partida, la multiplicidad y el azar son desplegados, parece que no vamos hacia los textos, sino que regresamos siempre. En el sentido de lo transitorio se establecen los grandes exilios, y ahí el texto pude decirse a sí mismo y realizarse a sí mismo. Escribe Holderlin;

Pero a nosotros nos toca,
bajo la tempestad de dios,
¡oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta.

Pues los que nos prestan el fuego del cielo,
los dioses, también nos dan el sagrado dolor.
¡Aceptémoslo!. No soy sino un hijo de la tierra.

Así el hombre; cuando la dicha está a su alcance
y un dios en persona se la trae, no la reconoce.
Pero desde que sufre,
entonces sabe expresar lo que quiere,
y entonces las palabras justas
se abren como flores.

El retorno es siempre el acontecimiento secreto de la gran literatura, los temas de la conciencia de un exilio, borradores provisionales en manos del azar, una cara interior del lenguaje que muestra su desgarro y esplendor, el escritor, como recordaba Hegel, debe de pensar siempre en el principio. Volvemos nuevamente a Foucault; “Siempre puede decirse la verdad en el espacio de una exterioridad salvaje; pero no se está en la verdad mas que obedeciendo a las reglas de una “policía” discursiva que se debe reactivar en cada uno de los discursos”. Ese espacio de exterioridad salvaje conviene y se da en los comienzos, la laguna, el vacío del mundo en las palabras emerge entonces en la literatura y la obra, las situaciones extremas de oposición, la verdadera ruta del espíritu es un momento donde los extremos se concilian, donde la palabra nos envuelve y nos transporta, la voz de Heráclito; sin no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue.




Cada sueño

surca su silencio,

descubre y acaricia su herida,

siempre

buscando lo perdido,

la soledad de una palabra,

su desafío.



Suena la quietud del atardecer

en la hora que borra los caminos,

que alumbra

la noche y el callar.

Cada sueño

regresa el tiempo de la ausencia,

el temblor y el soplo

del abismo de una vida,

la crisis

de una muerte sin desenlace.

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