martes, 30 de junio de 2009

SITUACIONES

SITUACION DEL TIEMPO. David Lamelas

POR EFI CUBERO




Esas imágenes de la estática las hemos contemplado en películas de terror, como aquel Poltergeist, inolvidable cuando la pequeña y angelical Caroline acercando las manos hacia el run run de su televisor iluminado exclama “Ya están aquí” y así comienzan los escalofríos. La inquietante y repetida imagen de una misma estática y parecida estética, podemos contemplarla, en compañía o a solas en una de las salas del Macba. En una de las obras que integran la exposición Tiempo como materia. La propuesta, a la cual aludimos, pertenece a David Lamelas y cuyo título: Situación del tiempo, al parecer sirvió de inspiración del enunciado de la muestra. Inquietante esta obra del autor argentino (Buenos Aires, 1946). Una ringlera de televisores alineados sobre un espacio vacío reclama nuestra curiosidad; la atención distraída hacia lo insólito con su punto de absurdo, con su atrayente guiño surrealista dentro del más conceptual de los minimalismos. No hay mensaje aparente en esta vacuidad, o sobre este zumbido monocorde que emite la pantalla, un siseo que raya los silencios, una neutralidad que es perturbada por lo desconocido…¿Qué hay más allá de todo este montaje? Y más allá no hay nada, ni siquiera el más allá ficcionado de la película a la que antes citábamos. Una cierta irritante sensación de extrañeza nos sacude. La frialdad del vacío; no hay espejos siquiera que reflejen la nada. El tiempo es sólo espacio, situación: “La situación del tiempo” Como forma azarosa, como especulación o interrogante, como interpelación, como escenario que nada representa o representa todo. Confieso que ante tal tesitura desprovista de todo referente, puede experimentarse la sensación de fuga, de rechazo, un temor que podría llamarse “tecnofobia”. De nada sirve esta sugestión de batería de televisores “encendidos” sin imágenes, sin rótulos ni siglas, sin argumentos, sin explicaciones. Una iluminación sobre la nada que se impone a la imagen, que se impone al silencio provocando que observes como en un sinsentido, como un contrasentido. Blancas pantallas de ojos ciegos nos miran; con “efecto de nieve y ese sonido estático” al que aludió el autor cuando en su tiempo (1967) desplegó para una galería tan osada propuesta. Es curioso, pero de alguna forma nos vemos reflejados; nosotros, espectadores de la misma nada, ocupando un espacio, frente al tiempo que inexorable y sin remedio escapa devolviendo el sonido de un vacío, un rectángulo que atrapa nuestro tiempo frente a ese guiño absurdo de anarquía, usurpando un lugar; esa misma metáfora de ventanas iguales, repetidas; ventanillas de un tren imaginario, fantasmal, donde sólo observamos la ventisca que nos excluye, que nos aísla, que es hostil y obstinada en sus repeticiones, que es ambigua, que nos impide ver, o contemplarnos, celdillas de colmenas en los bloques compactos de las grandes ciudades…No hay espejos aquí; el tiempo, intransitivo e inestable nos invita a seguir una monotonía, efímero y fugaz, continuado. El tiempo y la materia, la materia del tiempo; Tiempo como materia de infinito y la perplejidad de la mirada que se pierde en rectángulos, como viscosa red que nos absorbe sin tregua ni respiro. Un paso más allá y el tiempo es ido, el futuro es pasado, sobre cada pisada, sobre cada elemento repetido como una muestra de lo que aspiramos (los sueños al final desaparecen, como las emociones) queda sólo lo neutro, la inmensa soledad que albergará la ausencia; el murmullo del eco que guardó nuestra voz; la sensación de frío de un rumor impostado. La superficie plana dispone las pantallas en las repeticiones, cuyo sentido se nos hurta adrede, un espejo invertido que nunca nos refleja proyecta nuestro yo más vulnerable, detrás de cada vidrio nada aguarda, o acaso esta propuesta nos enfrente al progreso y nos congregue en una reflexión de tinte irónico: No hay nada tras el tótem frente al cual tanta gente permanece embobada. No nos queda siquiera ni el consuelo de Alicia de atravesar el tiempo que nos desasosiega, un muro de cristal se cierra en banda, ni una rendija como escapatoria.
Hay un reverso envolvente de significados; unas notas del Jazz de John Coltrane que se evaporan como lluvia suave sobre ese túnel líquido, que aparenta engullirnos, donde nos asomamos sin hallar la salida. Cualquier cuadro de Hooper al que le arrebataran de pronto la escenografía, o cualquier elemento figurado, los personajes, la arquitectura sin alma o sin sentido; una contemplativa y sugerente “soledad sonora” mas sin la trascendencia ni elevación alguna; plano sin contraplano; sonidos que amortiguan los pasos interiores, las íntimas estancias, un teclado, un deseo de sentir la hierba o el asfalto, eludir el vacío que esta imagen, tan obsesivamente repetida, nos proyecta, y escapar, escapar de esta sala que nos tiene atrapados en esa claustrofóbica sensación de tiempo muerto, de tiempo anquilosado, de tiempo sin vivir…Recipientes iguales, de imagen Warholiana, para este tiempo mismo de un instante en la nada, envasado al vacío.


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