martes, 18 de noviembre de 2008

HISTORIA DE LOS LIBROS. I

Mi amiga Maria Campos, viuda de Amores, familia que mandó construir el pasaje que lleva su nombre, aquí en el barrio de la Macarena de Sevilla, me regaló esta edición de Victor Hugo, fechada en Barcelona en 1885, un año antes de que muriera el gran romántico francés. Uno aprecia estos libros que nunca salieron de estancias y bibliotecas familiares, leídos por varias generaciones, mucho más que esos que ya están en almoneda y no sabemos de dónde proceden. Fue un regalo triste y amargo, pues suponía el desahucio de una persona mayor sin recursos a la que no dejaban pasar los últimos años de una vida rodeada de sus recuerdos, la necesidad de la malaventa de un mobiliario cargado de historias personales, el expolio y la pérdida de una hermosa casa debido a la plaga de rateros y especuladores que azotaban y aun azotan a la ciudad, cuyo ilustre Ayuntamiento y su policía urbanística al parecer estaban y continúan en Babia. Aquellos días me acordé de los Miserables y con gusto hubiera mandado a Quasimodo a visitar al casero de María. Como ella sabía de mi trabajo y gusto por los libros, me pidió consejo sobre la venta de los que ella tenía, era un biblioteca no muy numerosa pero de gran valor, perfectamente guardada bajo el cristal de una lujosa librería y frente a la que solía jugar en la infancia, María estaba muy necesitada económicamente, viuda sin descendencia, su esposo había pertenecido a una familia acomodada que después de la guerra había venido a menos, hasta el punto de habitar en la casa natal de alquilado y dedicarse a un trabajo de artesanía de la madera. El valioso mobiliario, lógicamente, fue malvendido, cuando me pidió consejo sobre los libros le dije, conociendo como conocía al personal, que le podría poner en contacto con un buen librero, que algo ganaría, aunque nunca una cantidad importante que mereciera la pena, y por supuesto nunca el valor de esos libros, ediciones de historia de España, literatura francesa, del siglo XVIII y XIX, que si tenía algún familiar que supiera apreciar esto se lo regalara, afortunadamente y a pesar de su necesidad, María me hizo caso y se los regaló a su sobrino que sabía del valor de esta biblioteca, al menos toda quedaba en casa y en familia. Antes de que viniera a por ellos, al azar tomó éste de Victor Hugo del que les hablo, leído en una casa de la calle Amargura, bajo la luz del siglo XIX y en el recuerdo de María Campos.

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