viernes, 15 de agosto de 2008

JORGE LUIS BORGES


Borges manejó muy bien la metaliteratura, siendo un escritor no tanto para escritores, sino para lectores asiduos, muy arraigado en una tradición literaria a la que le supo dar una excelente salida en su vida y obra. Cuando consigue el reconocimiento internacional es un hombre que intelectualmente ya ha llegado a su centro, a partir de entonces la admiración beata sepultará al hombre tras la obra, pero en su trayectoria vital, el hombre interior, el de la aventura psicológica y ética va en una dirección contraria a su éxito literario, esa huella, para cualquier lector atento, aparte de biografías, entrevistas y demás papeles, está más acusada en sus últimos libros de versos. Tras su tercer libro de poemas,”Cuaderno San Martín, 1929", Borges no escribirá ningún libro más hasta 1960, fecha en que publica “El Hacedor” y con la que comienza su nueva etapa en la poesía, ha habido más de treinta años de silencio, estimulado quizás por su creciente reconocimiento y seguridad tras su incursión en la narrativa comienza de nuevo a escribir versos, tarea que no cesará hasta su muerte, atrás han quedado esos primeros libros de experimentación, de ultraísmo, de su interés por Quevedo y sus opulencias verbales, aunque no hay tanta diferencia en esos libros como en los posteriores y que se ha querido resaltar, ya tenemos un Borges más conciso, reincidiendo con maestría en sus temas, esenciando su mundo. Es a partir del “El Hacedor” donde comienza a dar sus mejores muestras y a mantener una línea creciente que culminará con”Los Conjurados”, dejándonos diez libros más. El Borges poeta tomará de la prosa numerosos elementos que conjugará admirablemente, llegando en sus últimos libros a una poesía filosófica, ajustándose a tradiciones clásicas y sencillas, quizá se le ha querido adjudicar una dimensión excesiva en sus propuestas, pero es su temperamento metafísico, su interés por los sistemas idealistas los que dejen una huella más intensa en su escritura y la que mejor aprovecha. En esta su segunda etapa habrá una gran coherencia y crecimiento, a sus temas de siempre como son el tiempo, la realidad como sueño, la vejez, la muerte, la ceguera, la angustia,las historias vacías de tristes personajes, le sumará un mayor ahondamiento y preocupación por el hombre entre la encrucijada de la razón y la fantasía, agudizándose en el desarrollo de esa escritura de sobria ejecución, donde el endecasílabo clásico que repite con singular maestría es el medio preferido para su desarrollo, olvidando esa escritura un tanto lineal de sus comienzos. Hay en su obra numerosísimas tensiones dialécticas que la hacen compleja y atractiva; la inserción de lo insólito en lo previsto, el encuentro del discurso lírico y narrativo, de lo trascendente y cotidiano, de la pasión y la reflexión, dejándonos siempre después de su lectura esa inquietud metafísica tan suya, la aventura ética, las últimas razones y enigmas de toda existencia. Recorrer su obra poética, desde su inicial “Fervor de Buenos Aires”, impregnado por un cierto naturalismo que hoy nos parece más hermoso, hasta su último libro, “Los Conjurados”, con su impresionante poema “Cristo en la cruz”, notamos lo que ha sido la aventura ética y estética de este poeta excepcional, les recomiendo que se olviden un poco de Borges y sus Cuentos, que vuelvan más su atención a este poeta argentino que en sus últimos años mantuvo que el éxito y el fracaso son dos impostores, que él mismo temía que el devenir le descubriera también como un impostor, en las líneas y entrelíneas de sus páginas está el creador más auténtico, el que tomó tantas máscaras por tantas agonías, lean y relean su obra poética completa.


Septiembre de 2000

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